Comunidades cooperativas en tiempos de catástrofes.

Artículo publicado en CTXT.

Al contrario de la ola polar que amenaza el futuro de los siete reinos de Juego de Tronos, la catástrofe que se avecina sobre nuestras sociedades es una crisis ecosocial, cuyo exponente más visible sería la emergencia climática y su verano perpetuo. Un escenario que nos garantiza que vamos a asistir a una creciente proliferación de desastres ambientales y shocks socioeconómicos; lo excepcional va a convertirse en parte de nuestra normalidad.

Estos acontecimientos singulares que por su dimensión o dramatismo interrumpen la normalidad, suelen inaugurar un periodo en el que se abren huecos para que sucedan fenómenos que días antes resultaban impensables o imposibles. En muchas de estas situaciones de emergencia se despliegan de forma espontánea comportamientos sociales basados en el altruismo y la generosidad. Episodios marcados por un fuerte protagonismo de la sociedad civil, donde se demuestra una alta capacidad de resiliencia y creatividad, pues frente a las catástrofes suelen oponerse altas dosis de empatía; surgen inesperados liderazgos anónimos y se reinventan mecanismos de solidaridad y ayuda mutua.

Rebecca Solnit ha estudiado varios de estos fenómenos espontáneos de solidaridad comunitaria (Gran incendio de San Francisco, terremoto de México DF, huracán Katryna en New Orleans, huracán Sandy en New York…) y los ha bautizado como paraísos construidos en el infierno. Situaciones donde la cotidianeidad se ha quebrado y resulta obligatorio recrear condiciones inmediatas para la supervivencia. Esto se logra mediante estrategias de salvación colectivas, que generan nuevas formas de sociabilidad, fomentan el sentido de pertenencia compartida y un sentido de compromiso individual, a través de tareas que generan una sensación de bienestar a quienes las ejecutan, por arriesgadas, sacrificadas o tediosas que sean. Una nueva cotidianeidad que se hace cargo de la fragilidad de la vida y su cuidado como prioridad, que premia comportamientos altruistas, cooperativos  o colaborativos.

Esto se traduce en la capacidad para redefinir las prioridades y escalas de valores: como poner la vida por encima de la propiedad o la necesidad sobre lógicas legales o cálculos de mercado; en la imposición de protocolos para compartir de formas socialmente justas recursos escasos como el agua, los alimentos o las medicinas; la preocupación y el cuidado por los extraños en hospitales de campaña, cocinas colectivas o albergues improvisados. Un despliegue de inéditas dinámicas comunitarias, pues según Solnit los desastres son algunas veces una puerta trasera al paraíso, hacemos lo que deseamos y tenemos la posibilidad de cuidar de nuestros hermanos y hermanas. Los desastres ofrecen una liberación temporal de las preocupaciones, inhibiciones y ansiedades asociadas con el pasado y el futuro porque fuerzan a concentrar la atención total en el momento inmediato, resolver las necesidades diarias sin los condicionantes de la vida cotidiana. Sigue leyendo

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¿Y si desde el gobierno local vienen a ayudar? La ordenanza de cooperación Público Social en Madrid y la redefinición de las relaciones entre instituciones y tejidos sociocomunitarios.

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Tribuna publicada en el libro CIUDADES EN MOVIMIENTO.

En una de sus incendiarias soflamas, Ronald Reagan afirmaba que las ocho palabras más terroríficas en lengua inglesa eran: soy del gobierno y estoy aquí para ayudar. El imaginario movilizado durante la revolución neoliberal desde los años ochenta apelaba a que las instituciones burocratizadas y el endeudado Estado del Bienestar debían dar un paso atrás, retirarse como reguladores de la vida social y dejar de intervenir en la economía. El libre mercado aparecía como el mejor garante del interés general, la modernización institucional, el crecimiento económico y la realización individual.

Las instituciones públicas para ser eficientes debían parecerse al mercado, lo que justificaba tanto las privatizaciones en sanidad, educación, transporte o agua; como la desregulación de normas y leyes que según el neoliberalismo inhibían la actividad económica. El Estado fue políticamente activo en diseñar su pérdida de influencia socioeconómica, delegando la iniciativa y la responsabilidad de satisfacer muchas necesidades sociales en el sector privado. Un proceso de complicidad y colaboración simbolizado por los Partenariados Público Privados, en los cuales las instituciones públicas y corporaciones diseñan conjuntamente ambiciosos proyectos en los que las instituciones corren con los principales riesgos, al asumir las inversiones más costosas; se externalizan los posibles efectos negativos, como la subida de tarifas a consumidores finales, la precarización del empleo, la falta de transparencia y la mayor facilidad para la corrupción; y finalmente se privatizan los beneficios. Unas dinámicas globales que llevaron de forma generalizada a los gobiernos locales a transitar de la gestión tradicional a formas de empresarialismo urbano (Harvey, 1989), en las que el foco se pone en construir una marca, competir por inversiones internacionales, atraer megaeventos, disponer de arquitecturas de élite…

Madrid: de la desconfianza mutua a la cooperación por el bien común.

El empresarialismo urbano afectó al conjunto de ciudades de nuestra geografía, pero en Madrid se desarrolló con especial intensidad la influencia de las corporaciones en el diseño de políticas estratégicas orientada a convertir a la capital en una ciudad global (Rodríguez, 2007). Una tendencia con la que no se ha terminado de romper1, y que dio lugar a una gobernanza urbana en la que la erosión institucional fue de tal magnitud que se llegaron a plantear cuestiones como la existencia de “Barrios Premium”, donde, a cambio de pagar más impuestos, los comerciantes obtuviesen mejores servicios públicos (jardinería, seguridad, limpieza); así como la idea de paliar los recortes en servicios públicos mediante el voluntariado, siguiendo la estela de la Big Society2 británica.

La participación de los tejidos sociocomunitarios en el diseño, seguimiento y cogestión de las políticas públicas era residual; salvo excepciones como los Planes de Barrio, fruto de la presión del movimiento vecinal, o iniciativas que de forma singular y tras intensas movilizaciones lograban regularizar la gestión ciudadana de equipamientos (culturales, deportivos…) o de zonas verdes mediante los huertos comunitarios. Una dinámica que profundizaba un proceso de desconfianza recíproca, por el cual las instituciones eran celosas de redistribuir poder hacia la ciudadanía, y ésta percibía los ocasionales acercamientos institucionales como interesados procesos de asimilación o cooptación, lo que en la práctica reafirmaba la imposibilidad de que el gobierno local pudiera venir a ayudar.

La Ordenanza de Cooperación Publico Social, que ha echado a andar en 2018 durante el gobierno de Ahora Madrid, supone la traducción a las políticas públicas de un relato alternativo, que reconoce y valora la existencia de una esfera pública no estatal en la que los tejidos sociocomunitarios detectan problemáticas, satisfacen necesidades e innovan formulando soluciones. La propia ordenanza reconoce que el “binomio público-privado es insuficiente para describir la realidad y para dar respuesta a todas las necesidades y problemas de la ciudadanía, que en no pocas ocasiones se articula en diferentes formas de agregación colectiva para desarrollar sus propias respuestas a problemas sociales desde la solidaridad o la cooperación o para crear proyectos que aportan valor a la vida en común, fuera tanto de la esfera y las lógicas de la administración pública, como del mercado y del afán de lucro”. Sigue leyendo

Si la interdependencia y la cooperación son la pregunta ¿el Ministerio de la Soledad es la respuesta?

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Artículo publicado en EL DIARIO.

Hace unas semanas acogíamos sorprendidos la idea del Reino Unido de crear un Ministerio de la Soledad, un problema calificado oficialmente en este país como “epidemia social” al afectar a más de nueve millones de británicos, de los cuales dos millones serían personas mayores de 75 años. Una medida que sirve para situar en la esfera pública una problemática a la que no se ha ofrecido la suficiente atención. No hay muchos detalles del Plan de Acción, pero o se elabora con mucha sensibilidad y cuidado, o se corre el riesgo de de que la transmisión de cariño, la construcción de confianza y la activación comunitaria sean responsabilidad de una institución con peligrosas tendencias burocráticas.

En la preocupación creciente por la soledad no deseada confluyen cuestiones demográficas, ligadas al envejecimiento creciente de las sociedades enriquecidas; económicas, pues los costes de la soledad asociados a sanidad y servicios públicos han sido estimados según la London School of Económics en 6.000 libras por persona cada diez años; y culturales, asociadas principalmente al auge del individualismo y de una ficticia independencia del resto de las personas a la hora de desarrollar nuestros proyectos vitales. El aislamiento social y el sueño de la emancipación individualista son las inseparables caras de una misma moneda.

Y aunque toda fecha de inicio tiene algo de arbitrario, podríamos situar el nacimiento del sueño de emancipación vinculado al individualismo en el año 1972, cuando el gobierno socialdemócrata de Olof Palme publicaba en Suecia el manifiesto titulado “La familia del futuro: una política socialista para la familia”. Un texto donde se presentaban las bases para una liberación de la mujer y la promoción de una noción radical de independencia, por la que todas las personas debían disfrutar de la libertad para elegir las relaciones sociales que querían disfrutar. El apoyo de un Estado del Bienestar fuerte debía garantizar el pleno desarrollo de los proyectos vitales, ofreciendo la posibilidad de descartar cualquier vínculo no deseado.

Sin negar la feminización de las tareas de cuidado o lo opresivas que pueden resultar las estructuras familiares convencionales, la transformadora y bienintencionada apuesta socialdemócrata ha devenido funcional al despliegue de los valores neoliberales que se activarían en la década siguiente. La emancipación no ha llegado de la mano de la pérdida de relevancia de las estructuras colectivas y asociativas, o del desgaste de los vínculos familiares, indudablemente susceptibles de democratización pero fuente muchas veces infravalorada de solidaridad y preocupación por lo común.

Cuarenta años después las estadísticas de Suecia revelan que más de la mitad de su población vive sola y el 25% de la gente muere sola sin que nadie reclame siquiera su cuerpo. Los efectos sociales perversos derivados de este aumento del individualismo han sido narrados de forma provocadora en el documental de Erik Gandini, La Teoría Sueca del amor. Suecia no es tanto una anomalía como una avanzadilla y simboliza una tendencia generalizada, pues seg ún datos del INE de 2016 en nuestra sociedad los hogares donde las personas viven solas sin compañía representan un 25,2% del total, y son el tipo de hogar que más crece. Vivir solo no necesariamente implica vivir aislado o sentirse en soledad, pero es un indicador relevante de una tendencia social, como también lo es la necesidad de proyectos como La Escalera, orientados a recuperar dinámicas convivenciales, que antes surgían de forma espontánea en una comunidad de vecinos. Sigue leyendo