Resiliencia urbana, MARES y marejadas

Artículo publicado en EL DIARIO:

La ficticia independencia de las ciudades frente a los ecosistemas naturales en los que se sustentan, convierte los sistemas urbanos en los más vulnerables ante factores altamente desestabilizadores como la emergencia climática, la crisis energética o las consecuencias territoriales de la crisis socioeconómica (hiperespecialización productiva en sector servicios y turismo, segregación espacial, deterioro de servicios públicos, exclusión social, cambios demográficos…). Una fragilidad incómoda que suele ignorarse y que en entornos altamente artificializados no se percibe con facilidad.

Ante esta situación, se ha ido haciendo hueco la noción de resiliencia, entendida como la capacidad de adaptación y reorganización de un sistema ante perturbaciones y cambios severos, desarrollando nuevos modos de organización. Un concepto que proviene de la física de materiales y que mide la capacidad para sufrir presiones y volver a su estado original, como un muelle; que ha pasado por la psicología para analizar la capacidad de las personas para rehacerse a traumas y catástrofes; hasta llegar a usarse por la biología para hablar del funcionamiento de los ecosistemas ante fenómenos disruptivos o más recientemente por el urbanismo para pensar la inaplazable transformación de ciudades y ciudadanías. Sigue leyendo

Supermercados cooperativos: gente ordinaria haciendo cosas extraordinarias

Artículo publicado en EL DIARIO.

Corría el año 1890 nacía Aglomeración Cooperativa Madrileña, la cooperativa de consumo pionera de la ciudad. Una fórmula para satisfacer las necesidades alimentarias de las clases populares en mejores condiciones de las que ofrecía el mercado, un experimento de otras relaciones de producción y consumo, que a la vez servía para difundir el ideario socialista.

Esta iniciativa evolucionó y sirvió de germen para la Cooperativa Socialista Madrileña fundada en 1907, que agrupaba cinco tiendas de comestibles, una zapatería, un despacho de vinos, dos bodegas y una tienda de objetos de escritorio. Miles de cooperativistas de consumo y una plantilla de 32 personas empleadas sostenían esta iniciativa, que seguiría viva hasta la guerra civil. Una experiencia asociativa ligada a la emblemática nueva Casa del Pueblo construida en un antiguo palacio comprado por la UGT, y que llegaría contar con más de 100.000 persona afiliadas, cerca de un décimo de la población madrileña de la época.

Durante la II República se habían popularizado por todas las zonas industriales de nuestra geografía las cooperativas de consumo, pensemos que solo en Barcelona había unas sesenta iniciativas. El franquismo intentó replicar el modelo mediante los economatos laborales ligados a las grandes empresas del Instituto Nacional de Industria, pero fracasó, en buena medida por la falta de protagonismo de la gente y la ausencia de democracia interna. Las cooperativas de consumo resurgieron tímidamente a finales de los años cincuenta, manteniendo el objetivo de garantizar el acceso a alimentos para una clase obrera empobrecida, a la vez que ofrecían una experiencia asociativa relativamente autónoma en plena dictadura. Sigue leyendo

Movimientos sociales y ayuntamientos: aprendizajes del trabajo conjunto.

Artículo publicado en la Revista Soberanía Alimentaria 34, escrito por Nerea Morán junto a Isabel Vara Sánchez, Lidia García García, David Gallar Hernández y Ana Moragues Faus.

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En los cuatro años transcurridos desde las últimas elecciones, las políticas alimentarias han irrumpido en la agenda de numerosos ayuntamientos del Estado, como respuesta a la demanda de los movimientos sociales y en el contexto global favorable que ha supuesto el Pacto de política alimentaria urbana de Milán. Con anterioridad a las elecciones municipales de 2015, los movimientos sociales agroecológicos propusieron una hoja de ruta para los gobiernos municipales, recogida en documentos como la «Carta por una soberanía alimentaria desde nuestros municipios» (elaborada en el Congreso Internacional de Economía Social y Solidaria de Zaragoza en 2014) y otros más locales. Se trata de demandas y propuestas claras que surgen de una larga trayectoria en el trabajo en torno a la soberanía alimentaria por parte de entidades de la sociedad civil, en ocasiones reunidas en espacios de articulación.

Numerosas ciudades europeas habían adoptado ya políticas en este sentido, pero en nuestra geografía se puede destacar la centralidad del enfoque agroecológico en el proceso, debido al protagonismo de las organizaciones de la sociedad civil y al apoyo de las candidaturas municipalistas. De esta forma, se han abierto espacios que pretenden coproducir políticas públicas en los que las organizaciones de la sociedad civil están trabajando junto a personal técnico y político de los ayuntamientos en la definición y desarrollo de estrategias y proyectos agroalimentarios. Sigue leyendo

Experimentando otras economías. Una panorámica de las prácticas alternativas de consumo.

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Texto publicado en la Revista PAPELES

Durante la época más temprana de mi vida me tranquilizaban diciéndome que el nuestro era el país más rico del mundo, hasta que descubrí que lo que yo entendía por riqueza era el aprendizaje y la belleza, la música y el arte, el café y las tortillas; quizás en los días de pobreza que se avecinan haya más de todo esto…”. W. R. Lethaby.

La experiencia histórica nos sugiere que los regimenes pueden sufrir cambios radicales, y cuando la transformación sucede tiende a empezar en y desde una red de organizaciones, tecnologías y usuarios pioneros que formaban un nicho en los márgenes del sistema mayoritario”. G. Seyfang. Y A. Smith.

La crisis económica ha trastocado el imaginario hegemónico de la sociedad de consumo y por sus grietas han ido ganando visibilidad una amplia constelación de prácticas alternativas. Este texto nos ofrece una panorámica de las principales dinámicas, apunta las resonancias que sedan entre ellas y apunta las potencialidades que encierran de cara al futuro.

Profundizar la descolonización del imaginario de la sociedad de consumo.

Todo orden social busca proyectarse en el tiempo, que su continuidad sea percibida como una obviedad sobre la que resulta superfluo interrogarse. La cultura en la que nos socializamos sustenta las relaciones sociales dominantes al naturalizarlas, al producir consensos que devienen certezas. Los hábitos, los valores, las expectativas o los estilos de vida se encuentran mediados por esta inercia cultural heredada de la sociedad de consumo y de varias décadas de neoliberalismo.

Individualismo exacerbado, fragilidad de los vínculos sociales o territoriales, búsqueda del interés personal a partir de la competencia, bienestar sustentado en la inmediatez y el cortoplazismo, disociación entre nuestros actos y las consecuencias que se derivan de los mismos, interiorizar el mercado y el dinero como mediadores necesarios para satisfacer nuestras necesidades, normalizar las desigualdades sociales, disponer de una noción de solidaridad restringida a grupos primarios… conforman el sustrato cultural hegemónico en el que nos hemos socializado. Un imaginario cuyos relatos sobre la crisis minimizan el artificio humano del sistema socioeconómico, presentándola de forma que sus metáforas la naturalicen (tsunami, huracán financiero, tormenta perfecta, sequía crediticia…) o como una mala enfermedad que nos toca padecer (activos tóxicos, contagios, metástasis…)1.

Una retórica unidimensional de la crisis que invisibiliza su carácter civilizatorio al ignorar y desconectar la crisis económica de otros factores como el Pico del Petróleo, el cambio climático, el desborde de la biocapacidad del planeta, la erosión de los sistemas democráticos o la crisis de cuidados. El exceso de ideología que ciega los diagnósticos sobre la crisis ha encontrado su traducción práctica en las políticas de austeridad (privatizaciones, precarización, desmontaje de los servicios públicos y los sistemas de protección social, desregulación del derecho laboral…), que en un acelerado proceso de empobrecimiento colectivo nos encaminan hacia sociedades de consumo de baja intensidad. Una reducción forzada y no intencional del sobreconsumo que deviene especialmente frustrante debido a una ausencia significativa de imaginarios alternativos. Sigue leyendo

Cultivating commons in the heart of the city. Madrid community gardens against austerity urbanism.

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En abril de 2018 participábamos en el seminario internacional Polanyi organizado por la red europea EMES, especializada en la investiación sobre economía social y solidaria. Allí presentamos una ponencia sobre el urbanismo de la austeridad y los huertos comunitarios en Madrid:
Our societies are at a critical juncture, the multidimensional crisis that they are going through leads them to initiate ecosocial transitions. Faced with this complex and difficult task, the idea of the commons has reappeared with force. A notion that has gained presence in philosophical, economic or legal debates (Negri, Ostrom, Federici, Mattei, Bollier, Bauwens, Mies, Laville, Stavrides, Laval y Dardot…); it has been used especially to denounce privatization processes or “new enclosures” and to name the alternative practices that are building alternative realities.
In the Southern European cities the austerity urbanism (Peck, 2012) is being confronted by an alternative social practices ecosystem inspired by the commons logic. In Madrid community gardens can be highlighted as an initiatives that have gone from illegality to the coproduction of public policies, linking social movements reclaims and municipalism.
Enlace al texto: AQUÍ.

¿Reactualizando la cooperación? Apuntes sobre continuidades e innovaciones entre cooperativismo y economía colaborativa.

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Al tratar de explicar las nuevas propuestas de la economía social y solidaria, la economía colaborativa o los nuevos comunes, en ocasiones nos encontramos con respuestas asombradas, especialmente de personas mayores, que las relacionan con aquello que se hacía en el pasado. No es de extrañar que haya una asociación entre prácticas nuevas y antiguas, por lo que podemos tomar ese asombro como una pregunta provocadora que hacernos de manera crítica y reflexiva dentro de los movimientos de impulso de estas otras lógicas económicas que se quieren alejar del capitalismo. ¿Qué es lo que realmente hay de nuevo en estos movimientos?

Un texto escrito junto a Conchi Piñeiro en la Revista PAPELES.

Enlace al texto: AQUÍ.

Asaltar los suelos. De la ciudad neoliberal a los comunes urbanos.

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Capítulo del libro REBELDÍAS EN COMÚN, escrito junto a Ruben Martínez. El libro completo está disponible para descargar en PDF pinchando en la portada de la columna derecha.

«Los urbanistas están acostumbrados a pensar en el urbanismo en términos de regla y compás, como una materia que debe ser elaborada únicamente por los ingenieros y los arquitectos, y destinada a los ayuntamientos. Pero el verdadero plan es el resultado y la flor de toda la civilización, de una comunidad y de una época.» P. Geddes

Las experiencias de propiedad colectiva y de gestión comunitaria de ciertos bienes han sido una constante a lo largo de la historia. Las prácticas de colectivización de recursos naturales o de medios de producción fabriles, el cooperativismo y la construcción de patrimonio popular, forman parte de nuestra existencia y de las trayectorias que han marcado el rumbo de nuestras ciudades. Una genealogía muchas veces desconocida o que ha sido invisibilizada en los relatos que describen las ciudades, como motores de desarrollo, pobladas por emprendedores individuales que buscan su destino en el mercado capitalista.

Bien es cierto que los gobiernos urbanos, durante las últimas décadas, han tendido a funcionar como empresas, buscando extraer rentas del conjunto de los recursos urbanos, optimizando la explotación del territorio bajo el único imperativo de la tasa de beneficio. Ese modelo de gestión de los recursos ha acabado por diluir las diferencias entre lo público y lo privado, extendiendo la lógica neoliberal a cada vez más áreas de la vida social. Pero ya sea como reacción o como recuperación de la cultura mutualista que persiste en las ciudades, también se ha producido un movimiento contrario de autoprotección social, basado en la cooperación, la ayuda mutua y en la fuerza comunitaria.

Estas experiencias de gestión han dado un nuevo protagonismo a las colectividades como alternativa al mercado hegemónico o a la planificación pública por parte del Estado capitalista. Instituciones comunitarias arraigadas a los contextos locales que buscan dar respuestas a demandas sociales y que se caracterizan por una gestión democrática y no mercantil de los recursos; nuevas formas de compartir tiempo, trabajo, bienes, conocimientos y espacios que dan suelo a una realidad urbana alternativa.

Esta batalla que hoy se libra en el territorio urbano no es nueva. La ciudad como espacio de conflicto respecto a sus modelos de gestión y sostenibilidad es algo que forma parte de su origen y de sus ciclos de transformación. Con la misma lógica que se cerraron con vallas las tierras comunales hace siglos, a través de los enclosures o cercamientos, también se han diseñado otros protocolos y dispositivos institucionales opacos para intentar cercar nuestros territorios, nuestras culturas y nuestras formas de vida. De la misma manera que frente a los procesos de mercantilización del trabajo se organizaron instituciones sindicales, frente a los procesos de explotación del territorio, se han producido prácticas de reapropiación del espacio público y de cuestionamiento del modelo urbano capitalista. Las preguntas sobre si estas prácticas son suficientes, sobre si realmente apuntan a un cambio efectivo o si pueden perseverar en el tiempo, son inevitables y necesarias. Sigue leyendo