¿Y si desde el gobierno local vienen a ayudar? La ordenanza de cooperación Público Social en Madrid y la redefinición de las relaciones entre instituciones y tejidos sociocomunitarios.

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Tribuna publicada en el libro CIUDADES EN MOVIMIENTO.

En una de sus incendiarias soflamas, Ronald Reagan afirmaba que las ocho palabras más terroríficas en lengua inglesa eran: soy del gobierno y estoy aquí para ayudar. El imaginario movilizado durante la revolución neoliberal desde los años ochenta apelaba a que las instituciones burocratizadas y el endeudado Estado del Bienestar debían dar un paso atrás, retirarse como reguladores de la vida social y dejar de intervenir en la economía. El libre mercado aparecía como el mejor garante del interés general, la modernización institucional, el crecimiento económico y la realización individual.

Las instituciones públicas para ser eficientes debían parecerse al mercado, lo que justificaba tanto las privatizaciones en sanidad, educación, transporte o agua; como la desregulación de normas y leyes que según el neoliberalismo inhibían la actividad económica. El Estado fue políticamente activo en diseñar su pérdida de influencia socioeconómica, delegando la iniciativa y la responsabilidad de satisfacer muchas necesidades sociales en el sector privado. Un proceso de complicidad y colaboración simbolizado por los Partenariados Público Privados, en los cuales las instituciones públicas y corporaciones diseñan conjuntamente ambiciosos proyectos en los que las instituciones corren con los principales riesgos, al asumir las inversiones más costosas; se externalizan los posibles efectos negativos, como la subida de tarifas a consumidores finales, la precarización del empleo, la falta de transparencia y la mayor facilidad para la corrupción; y finalmente se privatizan los beneficios. Unas dinámicas globales que llevaron de forma generalizada a los gobiernos locales a transitar de la gestión tradicional a formas de empresarialismo urbano (Harvey, 1989), en las que el foco se pone en construir una marca, competir por inversiones internacionales, atraer megaeventos, disponer de arquitecturas de élite…

Madrid: de la desconfianza mutua a la cooperación por el bien común.

El empresarialismo urbano afectó al conjunto de ciudades de nuestra geografía, pero en Madrid se desarrolló con especial intensidad la influencia de las corporaciones en el diseño de políticas estratégicas orientada a convertir a la capital en una ciudad global (Rodríguez, 2007). Una tendencia con la que no se ha terminado de romper1, y que dio lugar a una gobernanza urbana en la que la erosión institucional fue de tal magnitud que se llegaron a plantear cuestiones como la existencia de “Barrios Premium”, donde, a cambio de pagar más impuestos, los comerciantes obtuviesen mejores servicios públicos (jardinería, seguridad, limpieza); así como la idea de paliar los recortes en servicios públicos mediante el voluntariado, siguiendo la estela de la Big Society2 británica.

La participación de los tejidos sociocomunitarios en el diseño, seguimiento y cogestión de las políticas públicas era residual; salvo excepciones como los Planes de Barrio, fruto de la presión del movimiento vecinal, o iniciativas que de forma singular y tras intensas movilizaciones lograban regularizar la gestión ciudadana de equipamientos (culturales, deportivos…) o de zonas verdes mediante los huertos comunitarios. Una dinámica que profundizaba un proceso de desconfianza recíproca, por el cual las instituciones eran celosas de redistribuir poder hacia la ciudadanía, y ésta percibía los ocasionales acercamientos institucionales como interesados procesos de asimilación o cooptación, lo que en la práctica reafirmaba la imposibilidad de que el gobierno local pudiera venir a ayudar.

La Ordenanza de Cooperación Publico Social, que ha echado a andar en 2018 durante el gobierno de Ahora Madrid, supone la traducción a las políticas públicas de un relato alternativo, que reconoce y valora la existencia de una esfera pública no estatal en la que los tejidos sociocomunitarios detectan problemáticas, satisfacen necesidades e innovan formulando soluciones. La propia ordenanza reconoce que el “binomio público-privado es insuficiente para describir la realidad y para dar respuesta a todas las necesidades y problemas de la ciudadanía, que en no pocas ocasiones se articula en diferentes formas de agregación colectiva para desarrollar sus propias respuestas a problemas sociales desde la solidaridad o la cooperación o para crear proyectos que aportan valor a la vida en común, fuera tanto de la esfera y las lógicas de la administración pública, como del mercado y del afán de lucro”. Sigue leyendo

Las elecciones y el ultimátum de la Tierra.

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Articulo publicado en CTXT

Corría el año 1951 cuando Robert Wise dirigía Ultimátum a la Tierra, una curiosa película de ciencia ficción donde los extraterrestres no venían a invadir nuestro planeta, sino a lanzar un aviso sobre el peligro que representaba, para la supervivencia de nuestra especie y los habitantes de otros planetas vecinos del cosmos, la escalada nuclear durante la Guerra Fría. Unos incomprendidos emisarios de paz en un mundo afectado por la paranoia belicista; que tras ser atacados y perseguidos, terminan por amenazar con destruir nuestro planeta de forma controlada para evitar males mayores.

Si estos extraterrestres repitieran su viaje hoy, indudablemente nos avisarían del abismo que la crisis ecosocial está abriendo ante nuestros pies, al comprometer las bases materiales que sostienen la vida (colapso climático, crisis energética, pérdida de biodiversidad, contaminación…); y verían como una amenaza nuestras pretensiones de exportar este depredador estilo de vida a planetas vecinos. El tratamiento que recibirían, entre la hostilidad y la indiferencia, sería muy parecido al que se suele otorgar a la comunidad científica y al movimiento ecologista cuando comunican el ultimátum al que nos aboca el funcionamiento de nuestro modelo socioeconómico.

Vivimos un periodo que debería ser de emergencia, pues en función de las grandes decisiones que se tomen sobre las temáticas clave en estos años, se condicionarán de forma irreversible los contextos en los que seguir tomando decisiones. Tenemos la garantía de que los escenarios futuros serán ecológicamente adversos y socialmente convulsos, dando pie a una conflictividad que va a atravesar nuestras sociedades: una gestión de la escasez de recursos y energía que aumente o mitigue la desigualdad social, como anticipa la revuelta de los chalecos amarillos; un nuevo pacto intergeneracional o un conflicto abierto con la juventud que habitarán este planeta, como anticipan las sorprendentes y contagiosas huelgas climáticas de estudiantes de secundaria en centroeuropa, Japón y Australia; una mayor presencia del ecologismo político en las instituciones o una deriva hacia posiciones crecientemente ecofascistas, algo que comienza a verse en los resultados electorales centroeuropeos donde los partidos verdes son el principal contrapeso al auge de la extrema derecha; un avance en el reconocimiento de la deuda ecológica por parte de los países enriquecidos y el cosmopolitismo de sus sociedades o repliegues nacionalistas, crecientes tensiones militares por los recursos y control de las fronteras asediadas por millones de refugiados ambientales… Sigue leyendo

Ciudades: lo utópico es pensar que todo va a seguir igual.

Articulo publicado en EL DIARIO.

esdczxEl Reloj del Apocalipsis creado por el Boletín de Científicos Atómicos durante la Guerra Fría para avisar a la humanidad del riesgo de autoexterminarse, muestra desde los años cincuenta los minutos que nos quedan hasta la medianoche, es decir, el fin del mundo. Y en toda su historia nunca había llegado a marcar las 23:58, como ha ocurrido en su evaluación más reciente. Un reloj cuya vocación es actuar como un despertador de las conciencias sociales y políticas, pero cuya tarea se ha tornado infructuosa, ya que resulta imposible levantar a alguien que se hace el dormido.

Hoy disponemos de un consenso científico, avalado por diversos organismos internacionales, de que nuestras sociedades encaran una crisis civilizatoria (colapso climático, pérdida biodiversidad, contaminación, crisis energética, desigualdad social, crisis de cuidados…) que garantiza que los escenarios futuros serán ecológicamente muy adversos y se verán comprometidas las bases materiales que sostienen la vida. Vivimos un periodo que debería ser de emergencia, pues en función de las grandes decisiones que se tomen sobre las temáticas clave en estos años, se condicionarán de forma irreversible los contextos en los que seguir tomando decisiones.

Mañana no va a ser una continuidad del presente, no va a haber progreso ilimitado, no hay final feliz garantizado. Y sin embargo padecemos una imprudente falta de liderazgo institucional, un desinterés que ha dejado en manos de la sociedad civil la responsabilidad de que estas cuestiones no terminen subordinadas en la esfera pública. Ante esta orfandad, en distintos lugares del mundo confluencias de movimientos sociales vienen construyendo a nivel local el esbozo de una agenda para la transición ecosocial, trabajando en la elaboración consensuada de programas sin partido, como dice Naomi Klein.

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Ciudades en movimiento. Avances y contradicciones en las políticas municipalistas ante las transiciones ecosociales.

esdczxCIUDADES EN MOVIMIENTO analiza más de doscientas políticas municipalistas de siete ciudades (Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Málaga, Vitoria, Coruña), ofreciendo un balance riguroso de su impacto desde la óptica de las transiciones ecosociales.

Un trabajo que sistematiza las transformaciones que están sucediendo en las agendas políticas, los procedimientos, las alianzas, los conflictos, los relatos… mostrando los avances en cuestiones sociales y de participación ciudadana, así como las debilidades en temáticas ecológicas clave.

La publicación, prologada por Yayo Herrero, presenta un texto marco sobre la importancia de las ciudades en el contexto del Antropoceno, unas conclusiones derivadas del análisis de las ciudades en base a diez temas clave, una serie de tribunas y las fichas de las ciudades con la valoración de las más de doscientas políticas analizadas.

El libro puede encontrarse en papel en distintas librerias y descargarse de forma gratuita: AQUÍ

¿Y si pacificar el tráfico es una declaración de guerra?

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Artículo publicado en EL DIARIO.

La voluntad del Ayuntamiento de Madrid de poner en marcha Madrid Central, prohibiendo el acceso del coche privado al centro de la ciudad, ha desatado un nuevo episodio de una prolongada guerra cultural nacida con la llegada del coche a la ciudad. No hay más que recordar como el primer coche que rodó por las calles de Madrid era conducido por el Conde de Peñalver, que en 1908 volvería a ser nuevamente alcalde de la capital, y encargado del primer Bando Municipal defendiendo la presencia del coche en las calles, cuando este era un artículo de lujo:

“El automóvil no debe circular por una población a velocidades excesivas, produciendo molestias y peligros al vecindario; pero éste, por su parte, no tiene tampoco derecho a disputar a los vehículos, la posesión y disfrute del centro de las calles y plazas, por el que podrá transitar de paso y con las precauciones debidas, cuando tenga que atravesarlas, pero siendo intolerable que pretenda convertirlo en lugar predilecto de tertulias y recreos, cual si los ciudadanos que van en coche no hubieran de merecer de los que van a pie el propio respeto que a estos deben inexcusablemente guardar los primeros”.

Así que no es de extrañar que desde sus inicios las organizaciones cuyo objetivo era fomentar el uso del automóvil funcionasen como un lobby, compuesto por una élite que abracaba de empresarios a políticos e incluso la corona, que presionaba por cambios normativos y legales acordes a sus intereses, así como por provocar un cambio de mentalidad entre la ciudadanía hacia el coche. Lo que nos lleva a remarcar que hacer viable la invasión de la ciudad por el automóvil exigió a las élites reordenar y regular los usos y costumbres a favor de los intereses de las minorías dominantes motorizadas. Y es que como narra magistralmente Alfoso Sanz, el peatón es un invento del automóvil, en 1899 esa palabra denominaba a los carteros encargados de llevar las cartas según e Diccionario General Etimológico de Eduardo Echegaray, para varias décadas después, en 1928, identificar a las personas que utilizan las calles pero no eran conductores.

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De la ‘smart city’ a las transiciones urbanas: una agenda ecosocial para los municipalismos.

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Artículo publicado en PÚBLICO.

En otoño de 2016 el “Arca de Noe”, que se encarga de proteger las semillas de plantas comestibles ante una catástrofe global, sufría filtraciones severas de agua debido al cambio climático; y hace solo unos días el centro de estudios sobre inundaciones de Lousiana se inundaba por el mismo motivo. Dos metáforas que ilustran la manera en que nuestra civilización está encarando el colapso climático, la superación de los límites biofísicos o el declive energético. Frente a un inexorable cambio de ciclo histórico nos contentamos con confiar en que la ciencia y los avances tecnológicos nos sacarán del lío en el que estamos metidos, pero parece que nuestras barcas salvavidas hacen aguas…

Los aportes de la ciencia y sus invenciones son condición necesaria pero no suficiente para reorganizar el funcionamiento y la economía de nuestras sociedades. El tecnoentusiasmo dominante nos ofrece una engañosa, seductora y tranquilizadora representación de la realidad; donde todo está bajo control y problemas muy complejos se pueden resolver, o estarían en vías de resolverse, gracias a las invenciones tecnológicas. Mirando de forma crítica la realidad, vemos cómo tras la racionalidad parcial de estas propuestas se esconde una irracionalidad sistémica, como afirmaba Pascal “corremos despreocupadamente hacia el precipicio, una vez que hemos colocado algo delante de él que nos impida verlo”.

Superando el “solucionismo tecnológico”

La smart city supone la adaptación de este tecnoentusiasmo al campo del urbanismo y del diseño de los asentamientos humanos, trasladando a la tecnología la responsabilidad de dar solución a los problemas que afrontan las ciudades. Internet y el big data con sus sensores, dispositivos y aplicaciones, nos van a permitir descifrar las leyes ocultas que organizan la vida colectiva de la ciudad, ofreciendo un conocimiento neutro y verificable, indiscutible, ideológicamente inofensivo y abstracto, como diría Manu Fernández. Los grandes centros de datos serán capaces de aumentar la eficiencia de los servicios públicos, mejorar la movilidad, resolver el problema de la generación de residuos, optimizar el uso de energía… Y nuevos artefactos como las granjas verticales o los coches sin conductor, desarrollarán de forma más fiable funciones que hasta ahora realizaba la naturaleza o el ser humano. La locura del “solucionismo tecnológico” asume que la vida urbana se tornará previsible mediante predicciones claras y objetivas, que permitan racionalizar la toma de decisiones de los gobiernos locales. Los ordenadores y los algoritmos van a hacer realidad el sueño de una autorregulación armónica, eludiendo los incómodos procesos de deliberación colectiva que son la base de la política y obviando el papel de nuestros estilos de vida en la crisis ambiental y la insostenibilidad urbana. Sigue leyendo

Asaltar los suelos. De la ciudad neoliberal a los comunes urbanos.

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Capítulo del libro REBELDÍAS EN COMÚN, escrito junto a Ruben Martínez. El libro completo está disponible para descargar en PDF pinchando en la portada de la columna derecha.

«Los urbanistas están acostumbrados a pensar en el urbanismo en términos de regla y compás, como una materia que debe ser elaborada únicamente por los ingenieros y los arquitectos, y destinada a los ayuntamientos. Pero el verdadero plan es el resultado y la flor de toda la civilización, de una comunidad y de una época.» P. Geddes

Las experiencias de propiedad colectiva y de gestión comunitaria de ciertos bienes han sido una constante a lo largo de la historia. Las prácticas de colectivización de recursos naturales o de medios de producción fabriles, el cooperativismo y la construcción de patrimonio popular, forman parte de nuestra existencia y de las trayectorias que han marcado el rumbo de nuestras ciudades. Una genealogía muchas veces desconocida o que ha sido invisibilizada en los relatos que describen las ciudades, como motores de desarrollo, pobladas por emprendedores individuales que buscan su destino en el mercado capitalista.

Bien es cierto que los gobiernos urbanos, durante las últimas décadas, han tendido a funcionar como empresas, buscando extraer rentas del conjunto de los recursos urbanos, optimizando la explotación del territorio bajo el único imperativo de la tasa de beneficio. Ese modelo de gestión de los recursos ha acabado por diluir las diferencias entre lo público y lo privado, extendiendo la lógica neoliberal a cada vez más áreas de la vida social. Pero ya sea como reacción o como recuperación de la cultura mutualista que persiste en las ciudades, también se ha producido un movimiento contrario de autoprotección social, basado en la cooperación, la ayuda mutua y en la fuerza comunitaria.

Estas experiencias de gestión han dado un nuevo protagonismo a las colectividades como alternativa al mercado hegemónico o a la planificación pública por parte del Estado capitalista. Instituciones comunitarias arraigadas a los contextos locales que buscan dar respuestas a demandas sociales y que se caracterizan por una gestión democrática y no mercantil de los recursos; nuevas formas de compartir tiempo, trabajo, bienes, conocimientos y espacios que dan suelo a una realidad urbana alternativa.

Esta batalla que hoy se libra en el territorio urbano no es nueva. La ciudad como espacio de conflicto respecto a sus modelos de gestión y sostenibilidad es algo que forma parte de su origen y de sus ciclos de transformación. Con la misma lógica que se cerraron con vallas las tierras comunales hace siglos, a través de los enclosures o cercamientos, también se han diseñado otros protocolos y dispositivos institucionales opacos para intentar cercar nuestros territorios, nuestras culturas y nuestras formas de vida. De la misma manera que frente a los procesos de mercantilización del trabajo se organizaron instituciones sindicales, frente a los procesos de explotación del territorio, se han producido prácticas de reapropiación del espacio público y de cuestionamiento del modelo urbano capitalista. Las preguntas sobre si estas prácticas son suficientes, sobre si realmente apuntan a un cambio efectivo o si pueden perseverar en el tiempo, son inevitables y necesarias. Sigue leyendo