Cultivar la resiliencia. Los aportes de la agricultura urbana a las ciudades en transición.

DX8Jz6cXkAUk9cULas sociedades humanas han evolucionado a lo largo de la historia adaptándose y reinventándose para perdurar durante los periodos de crisis. En la actualidad vivimos una crisis multidimensional (ecológica, energética, económica…) que previsiblemente se manifestará con especial intensidad en los entornos urbanos. El concepto de resiliencia y sus estrategias (diversidad, capacidad de aprendizaje, innovación y adaptación, autoorganización y autosuficiencia) pueden darnos pistas de cómo reducir la vulnerabilidad urbana ante escenarios de futuro adversos. Uno de los principales retos de las ciudades será garantizar su abastecimiento alimentario, en este sentido los aportes de la agricultura urbana y periurbana devienen fundamentales.

Una navaja suiza lingüística: la resiliencia como término multiuso.

Esperamos sólo lo que tiene alguna posibilidad de alcanzarse. Reparamos algunas cosas. Un poco es mucho. Una cosa reparada puede cambiar otras mil. John Berger.

El vocablo resiliencia se ha popularizado en la literatura científica anglosajona, para recientemente recaer nuevamente en las lenguas latinas de las que proviene. La etimología del concepto resilio, está compuesta por el prefijo re- y el verbo salire, saltar, significando algo así como volver de un salto. Las primeras aplicaciones científicas del término proceden del campo de la física de los materiales, usándose con cierta literalidad para expresar las cualidades de un resorte: resistir a la presión, doblarse con flexibilidad y recobrar su forma original. Esta capacidad de volver a su estado normal tras ser sometidos a mucha presión la encontramos en materiales como la seda de la tela de araña, el tendón humano, el cuerno de mamíferos o los cables submarinos. Un ejemplo ilustrativo de alta resiliencia serían las botellas de plástico PET, que se pueden aplastar y deformar, pero al soplar posteriormente vuelven a su estado inicial con facilidad.

La idea de resiliencia fue trasladada posteriormente al campo de las ciencias sociales, especialmente a la psicología, donde se usa para describir la capacidad que tienen las personas para rehacerse emocionalmente y continuar con su vida después de haber sido sometidas a grandes presiones (catástrofes, traumas, o situaciones ambientales adversas como pobreza o violencia).

“En definitiva, la resiliencia distingue dos componentes: La resistencia frente a la destrucción, es decir la capacidad para proteger la propia integridad bajo presión, y más allá de la resistencia, la capacidad de forjar un comportamiento vital positivo pese a las circunstancias difíciles. El concepto incluye además, la capacidad de una persona o sistema social de afrontar adecuadamente las dificultades, de una forma socialmente aceptable”1.

De estas aplicaciones a la psicología social resaltan los rasgos que hacen aumentar la resiliencia de una persona o comunidad: el crecimiento de la autoestima colectiva o la identidad cultural, el disponer de habilidades sociales, el encontrarse insertos en redes de apoyo, presencia de padres o cuidadores competentes, tener un propósito significativo en la vida, creer que uno puede influir en lo que sucede a su alrededor o creer que se puede aprender de las experiencias negativas2. Lo que viene a suponer, que en definitiva, la capacidad para llevar a cabo satisfactoriamente el proceso de reelaborar el dolor o los cambios profundos. La resiliencia depende de la cantidad de conexiones que tengamos en el cerebro o de vínculos sociales que nos liguen a una comunidad, así como de la reconstrucción activa de las relaciones con el entorno a partir de nuevos patrones.

El concepto de resiliencia también se aplica al campo de la ecología de sistemas, como fórmula explicativa de los procesos de adaptación de los ecosistemas ante perturbaciones en su equilibrio. La resiliencia fue definida por C. S. Holling como la capacidad adaptativa de un ecosistema para mantener sus funciones habituales mientras afronta procesos disruptivos o de cambio severo3. Una dinámica explicada bajo la noción de ciclo autoadaptativo4, en la que un ecosistema se desestabiliza rápidamente debido a una disrupción (incendio, plaga, sequía…), quedando alterado y viéndose obligado a realizar un proceso de reorganización para seguir cumpliendo sus funciones. Los ecosistemas con alta resiliencia (baja vulnerabilidad) se reestructurarán, alcanzando una nueva estabilidad que mantiene altos grados de eficiencia y autosuficiencia, volviendo a desarrollarse en grados de complejidad similares. Mientras que aquellos con menor resiliencia que hayan superado un umbral crítico colapsarán, al no poder recuperarse y terminarán tomando formas mucho más pobres y simples.

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Las aplicaciones más recientes del concepto de resiliencia5 incorporan el papel de las sociedades humanas en la transformación de los ecosistemas, acuñando el concepto de sistemas socioecológicos para ilustrar esta interdependencia, y analizando cómo las distintas sociedades establecen modos de gestión de los recursos que pueden ser más o menos resilientes. La gestión adaptativa sería aquella que es capaz de responder a las perturbaciones desarrollando nuevos modos de organización. Las redes sociales y la memoria colectiva se reconocen como importantes fuentes de resiliencia, constituyendo la base sobre la que desarrollar una creatividad basada en el conocimiento.

En este contexto las preguntas más sugerentes serían aquellas que respondieran ¿cómo fomentar la resiliencia? o ¿qué variables hacen menos vulnerables a los ecosistemas? Los expertos hablan de la existencia de cuatro factores que hacen los sistemas resilientes y facilitan su pervivencia en el tiempo, estas variables deben darse de forma simultánea para garantizar dicha sostenibilidad6:

  • Los equilibrios son dinámicos y las pequeñas desestabilizaciones deben ser vistas como una fuente de aprendizaje para la transformación de sistemas complejos.

  • La diversidad sistémica y la biodiversidad proveen las fuentes para las futuras respuestas adaptativas.

  • El conocimiento y la habilidad del sistema para desarrollar e incrementar la capacidad de aprender, innovar y adaptarse.

  • El grado de autoorganización y autosuficiencia existente en el sistema, así como su capacidad de utilizar la memoria, su historia de transformaciones, para el proceso de reorganización.

Hemos visto como los diversos manejos del concepto de resiliencia mantienen una coherencia y una alta potencia explicativa, mostrando la versatilidad de este término para ayudarnos a comprender cómo los cuerpos, las personas, comunidades y ecosistemas, se adaptan y reorganizan ante cambios severos. No resulta extraño por tanto la proliferación en los usos del concepto, hasta la actual tendencia de su aplicación a las ciudades y el urbanismo.

Ciudad y resiliencia: apuntes para una nueva agenda urbana.

Ante grandes males, muchas soluciones pequeñas, coordinadas, coherentes. M. Max Neef.

Las ciudades reflejan las principales tendencias de nuestra época: sus imaginarios se han vuelto hegemónicos en la sociedad, concentran la mayor cantidad de población mundial, tienen las mayores proyecciones de desarrollo y sus dinámicas provocan una creciente incidencia global en el consumo de recursos, generación de residuos y producción de impactos ambientales. Hecho que se traduce en que cerca del 80% de la huella ecológica global es generada solamente en el 15% del territorio7.

Este proceso de expansión metropolitana ilimitada se ha sustentado en un creciente proceso de autonomización de la organización espacial, de modo que la planificación se desentiende de las particularidades del territorio, y éste deviene mero soporte para la actividad económica8. Unas dinámicas urbanas basadas en la extralimitación y el sobreconsumo de recursos, posibilitadas por el acceso a energía abundante y barata, dando lugar a ciudades altamente dependientes en términos ambientales y con severas injusticias sociales.

La ficticia independencia de las ciudades frente a los ecosistemas naturales en los que se sustentan, convierte los sistemas urbanos en los más vulnerables ante factores altamente desestabilizadores como la crisis energética9, el Pico del petróleo, el cambio climático10 o ante las consecuencias territoriales y urbanas de la crisis socioeconómica (hiperespecialización productiva, segregación espacial, deterioro de servicios públicos, exclusión social, cambios demográficos…). Una fragilidad que todavía no ha sido interiorizada por la arquitectura, el planeamiento, la economía o los estilos de vida urbanos, aún sabiendo por anticipado que a medio plazo resulta irreversible enfrentar estas perturbaciones.

1471127_721692047881879_859878504_nLa persistencia de la forma ciudad, con todas sus transformaciones, durante seis mil años, superando todo tipo de crisis (políticas, económicas, bélicas…), evidencia la capacidad de reinvención que ha tenido y su flexibilidad para adaptarse a circunstancias cambiantes. En muchos casos esa adaptación se ha logrado mediante la simplificación de ecosistemas complejos y la externalización de los impactos ambientales (extracción de recursos y vertido de residuos), entendiendo la relación sociedad-naturaleza desde un enfoque desarrollista, que aumenta la presión sobre los ecosistemas y las desigualdades sociales en una huida hacia delante que divisa su fin al chocar con los límites biofísicos del planeta. La coyuntura actual hace urgente un urbanismo de anticipación, que articule de forma simultánea estrategias dirigidas a favorecer la resiliencia de las personas y comunidades humanas, así como la reorganización del funcionamiento de los sistemas urbanos y sus economías, de cara a facilitar su viabilidad en escenarios de futuro adversos.

Una de las enseñanzas que se derivan de los estudios sobre resiliencia, en los diversos campos, es que ésta no es una característica innata de personas o (socio)ecosistemas, sino una variable que se puede aprender, potenciar y cultivar a lo largo del tiempo. Desplegar una estrategia de fomento de la resiliencia requiere que ciudad y ciudadanía reorienten la ordenación territorial, la política, la economía y la cultura, hacia la autonomía. Incorporando y traduciendo a la realidad urbana las variables que potencian la sostenibilidad de los ecosistemas naturales: tender hacia la autosuficiencia, fomentar la autoorganización, valorizar la diversidad (cultural, productiva, social…), así como la capacidad de innovación y aprendizaje en la gestión de las desestabilizaciones. La coherencia de esta estrategia se sustentaría en una intervención integral, que de forma sincrónica abordara distintas esferas:

  • El desarrollo del municipalismo y la democracia participativa como dinámicas desde las que fomentar la descentralización política, la construcción de consensos y prioridades, la implicación activa de la ciudadanía y el experimentalismo institucional. Aprovechar la proximidad emocional y cognitiva de la realidad local para reconstruir dinámicas comunitarias que devuelvan protagonismo a la sociedad. Una promoción de la autoorganización inspirada en el principio de subsidiaridad, que afirma que los problemas deben resolverse en la escala más cercana a donde fueron generados, a la vez que busca la coherencia y convergencia interescalar con dinámicas a nivel de ciudad y territorio. Este modelo de gobernanza ha sido definido por Folke et al.11 como cogestión adaptativa: sistema flexible de gestión de recursos y entornos, en la que los agentes sociales de base comunitaria trabajan coordinados con organizaciones e instituciones a distintas escalas, valorizando y relacionando los diversos conocimientos, formando redes, y desarrollando nuevas soluciones buscando el equilibrio entre acción descentralizada (autonomía) y centralizada (acción colectiva coordinada).

  • Mantener los servicios públicos y las redes de protección social como mecanismo de inclusión y de redistribución de la riqueza, fomentando la justicia social durante los procesos de transición12. Experimentar la posibilidad de reorganizar alguno de estos servicios bajo la lógica de gestión de los bienes comunes13.

  • Una mutación en la concepción de la economía que ponga en el centro la mejora de la calidad de vida de las personas dentro de los límites de la biosfera. Una apuesta que pasa, entre otras cosas, por relocalizar y diversificar la actividad económica de las ciudades, con especial sensibilidad hacia el sector primario de proximidad y la pequeña industria de transformación. Además de enfatizar la producción energética que debe desarrollarse en el interior de las propias ciudades (especialmente mediante la proliferación descentralizada de la captación solar, y otro tipo de energías renovables). Una tarea que el cooperativismo y las iniciativas de economía solidaria en expansión deben protagonizar, de forma que lleguen a condicionar el funcionamiento de la economía convencional.

  • La necesidad de relocalizar y colectivizar los estilos de vida, lo que implica la reducción drástica del uso del automóvil, racionalizando los desplazamientos pendulares (principalmente laborales y de abastecimientos urbanos). Además de la puesta en marcha de ambiciosas políticas de movilidad, orientadas a la promoción del transporte público electrificado, los movimientos peatonales y en bicicleta. Incorporar la reducción de la huella ecológica con equidad social como prioridad mediante un descenso del consumo orientado por principios de suficiencia, la generalización de iniciativas de consumo colectivo de productos ecológicos y de proximidad (cooperativas y grupos de consumo…), de prácticas de consumo colaborativo14 y de políticas públicas educativas y culturales orientadas al consumo.

  • Limitar la expansión de la ciudad, protegiendo los sistemas naturales y agrarios que la circundan, así como redefinir el borde urbano, creando una transición hacia los espacios rurales y naturales. Entendiendo la estructura territorial como soporte de procesos ecológicos que es necesario preservar, logrando una mejor integración del sistema urbano con el medio ambiente y la protección de la biodiversidad.

  • Reorganizar el sistema urbano aumentando su complejidad y eficiencia, mediante la intervención en la ciudad consolidada a través de iniciativas lo más sinérgicas posibles, como la rehabilitación integrada de barrios (cultural, social, económica y energética), y la reconsideración de las funciones de la ciudad difusa.

  • Reconducir los procesos de encogimiento urbano15, actuando sobre espacios que han quedado sin actividad o sin población, en ocasiones será posible reactivar las áreas monofuncionales o los espacios vacantes, renovar los usos de los equipamientos públicos y del patrimonio edificado abandonado. En otros casos será precisa la desurbanización, iniciando procesos de reclasificación de suelos y regeneración ecológica para recuperar usos agrarios o naturales.

El fomento de la resiliencia urbana como concepto y algunas de sus estrategias están siendo aplicadas con intensidades muy variables por las redes de municipios que están abordando escenarios de transición16. Entre estas experiencias destacan: la red de Transition Towns, con mayor presencia en ciudades pequeñas y medianas, donde se pone especial énfasis en la organización comunitaria y la sensibilización. Iniciativas marcadas por el fuerte protagonismo ciudadano a la hora de liderar las transformaciones que permitan reorganizar la vida municipal ante escenarios de escasez energética, buscando la implicación de la administración local. El municipio de Totnes en Gran Bretaña sería uno de sus referencias emblemáticas. Por otro lado, encontramos la red de Post Carbon Cities asentada principalmente en grandes ciudades de EE.UU., donde con algo menos de radicalidad, continuidad y protagonismo comunitario, se están elaborando políticas públicas muy ambiciosas (movilidad, reordenación urbana, servicios…), junto a declaraciones municipales de contextualización de dichas acciones en el marco de estudios de vulnerabilidad ante la crisis energética. Además de autoridades locales y sociedad civil, de forma menos intensa, suelen implicar a la universidad. Una ciudad emblemática de esta red sería Portland.

Alimentar otros modelos: el papel de la agricultura urbana y periurbana.

Raíces y alas, pero que las alas arraiguen y las raíces vuelen. Juan Ramón Jiménez

Los negativos impactos socioambientales del actual sistema agroalimentario industrial y globalizado (pérdida de biodiversidad y daños a los ecosistemas primarios, erosión de las economías y las culturas campesinas tradicionales, concentración empresarial en la cadena de producción, distribución y consumo, generación de dependencias y asimetrías de poder en los países del Sur Global…) serían motivos suficientes para reformularlo, pero lo relevante es que en la coyuntura actual la crisis energética y el cambio climático nos van a obligar a ello. Las altísimas dependencias del sistema alimentario global de los combustibles fósiles (elevada mecanización, abonos de síntesis, distancias de miles de kilómetros en su distribución…) y el hecho de que sus aportes sean un 30% de los gases causantes del cambio climático17, hacen inviable a medio plazo la continuidad del modelo vigente.

Al analizar cómo se entrelazan la crisis energética y el cambio climático con el funcionamiento del sistema agroalimentario, reaparecen las ciudades como los entornos más vulnerables. Modificar los patrones en los que se sustenta el abastecimiento de las ciudades debería ser una variable principal en el diseño de cualquier estrategia de transición urbana hacia la sostenibilidad.

Los problemas de acceso a la alimentación han sido una triste constante para las ciudades del Sur Global, muchas de las cuales han tenido que desarrollar innovadores sistemas de agricultura urbana18; una problemática que de forma paralela a la profundización de las políticas neoliberales se va trasladando a las ciudades del Norte Global, especialmente a las anglosajonas.

La proliferación durante la última década de los llamados Food Deserts o desiertos alimentarios evidencian las crecientes dificultades de acceso a alimentos frescos que surgen del cruce de modelos de ciudad poco compactos, del abandono de las políticas públicas que promueven un reequilibrio en los barrios donde viven los colectivos sociales más vulnerables económicamente, y de la huida de muchos comercios de proximidad de vecindarios que además padecen una fuerte segregación étnica. El propio gobierno de EE.UU. estima que 13,6 millones de personas, generalmente pertenecientes a población negra y otras minorías, tienen un acceso difícil a un supermercado o gran tienda de comestibles ya que viven a una distancia superior a 1,6 Km19.

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Esta dinámica socioeconómica por la que barrios enteros sufren una segregación alimentaria únicamente ha sido contrarrestada por iniciativas ciudadanas que se han autoorganizado para acceder a verdura fresca mediante la puesta en marcha de huertos comunitarios, grupos de agricultura sostenida comunitariamente en la que se sirve a domicilio verdura mediante el pago de una cuota (de manera similar a como funcionan las cooperativas agroecológicas) o proyectos de distribución alternativa, como pueden ser sistemas de venta ambulante de verduras y hortalizas con furgonetas, realizados por grupos sociales y ecologistas20.

Un planeamiento territorial de anticipación trataría de potenciar la resiliencia mediante la puesta en marcha de políticas que fomentaran la soberanía alimentaria de las ciudades, orientándolas hacia el mayor grado de autoabastecimiento posible mediante la agricultura de proximidad. Una tarea que se vertebraría interviniendo en dos esferas diferenciadas pero complementarias como son la agricultura urbana y la periurbana.

La puesta en valor paisajístico, cultural, ambiental y productivo de los espacios agrarios periurbanos debe perseguir el mantenimiento de la actividad agraria y promover la instalación de nuevas fincas productivas, garantizando su viabilidad económica y la dignidad de las rentas agrarias, además de perseguir un relevo generacional para los productores de más avanzada edad, recuperando sus conocimientos tradicionales y fomentando la transición agroecológica de las fincas. Esta acción afirmativa tiene la virtud de suponer una contención para la expansión ilimitada de la metrópolis, dotándola de espacios de transición que pueden jugar como conectores con otros espacios abiertos y como separadores de los asentamientos con rasgos más rurales. Esto supone hacer una labor preventiva respecto a la artificialización de los escasos suelos fértiles que han mantenido históricamente la actividad agraria alrededor de las ciudades, concentrando una elevada biodiversidad y generando estructuras territoriales que cumplen una función ambiental estratégica.

El proyecto de reagrarización periurbana debe acompañarse de la creación de figuras de protección para los espacios más vulnerables a la presión urbanizadora, con el fin de evitar la implantación de usos urbanos dispersos (residenciales, logísticos, industriales, comerciales, infraestructuras…) que provocan la fragmentación de los sistemas agrarios y dificultan la continuidad de la actividad. Además es necesario desarrollar estructuras de gestión en las que participen todos los agentes (administraciones, propietarios de suelo, agricultores…), asegurando el mantenimiento de las distintas funciones de estos suelos como espacios de construcción activa de paisaje, de calidad ambiental, de salvaguarda hidrogeológica, de redes cortas de producción y consumo21. La coordinación de protección y gestión en espacios agrarios periurbanos es una incipiente dinámica que va tomando forma práctica en la creación de Parques Agrarios, Anillos Verdes o Agrícolas22, y planes de ordenación territorial que protegen y ordenan estos suelos.

Los espacios agrarios deben ordenarse y gestionarse de forma que se asegure su inserción en el continuo de espacios libres desde los urbanos a los naturales, de modo que formen parte de redes ecológicas y faciliten la conectividad entre distintos hábitats. Una fórmula de garantizar el cumplimiento de la multifuncionalidad de estos espacios: preservación de fauna y flora autóctonos, regulación del ciclo hídrico o cierre local del ciclo de materia orgánica (compostando los residuos urbanos y utilizándolos como fertilizante).

Resulta urgente aproximar a la población tanto la actividad agraria como la importancia del espacio periurbano, tanto mejorando su accesibilidad como mediante la realización de actividades de ocio y educativas. La revalorización de la actividad agraria y de las distintas funciones socioambientales que cumple es una palanca desde la que reconstruir un tejido productivo anclado al territorio (Circuitos Cortos de Comercialización, pequeñas industrias de procesado, artesanía y antiguos oficios, gastronomía y restauración, agroturismo, granjas escuela, producciones ecológicas, técnicas constructivas locales, ecomuseos, recuperación del patrimonio…). Una economía territorializada que aprovecha las singularidades y potencia la identidad local.

La agricultura estrictamente urbana, aquella que se realiza en el interior de las ciudades, cumple funciones complementarias a las de la agricultura periurbana y debe jugar un papel fundamental a la hora de conseguir trazar una continuidad del paisaje productivo. Aunque la productividad a esta escala se reduzca drásticamente, mantener el hilo que comunique los paisajes agrícolas con los cultivos en ventanas, terrazas y azoteas de las casas, pasando por las distintas escalas intermedias, supone un aporte que permite percibir la continuidad e integralidad de la apuesta en el conjunto del territorio.

Los espacios, los formatos, las imágenes que asociamos a la agricultura urbana son mucho más diversos que la parcela de tierra con surcos. La pluralidad de lugares, formatos, motivaciones y grupos sociales que promueven la agricultura urbana evidencian que su rasgo más característico sería la hortodiversidad. Esta variedad se evidencia en las distintas tipologías de huertos que deberían impulsarse en el marco de un programa integral de fomento de la agricultura urbana.

  • Huertos comunitarios: Espacios públicos gestionados colectiva y participativamente destinados a la agricultura y la jardinería, recuperando espacios abandonados o degradados, solares temporales o zonas verdes infrautilizadas.

  • Huertos en instituciones públicas: Terrenos dentro de colegios, institutos o universidades, centros de salud u hospitales, centros penitenciarios, centros culturales…

  • Huertos de ocio: En el borde urbano se pueden habilitar espacios para la agricultura familiar de autoconsumo, de forma que no resten suelo a los espacios agrarios periurbanos productivos.

  • Huertos en patios privados, individuales o colectivos: una iniciativa que abarcaría la reconversión en huertos de los pequeños jardines de las casa bajas o los chalets adosados, así como los patios cerrados de urbanizaciones.

  • Azoteas: grandes superficies urbanas infrautilizadas que podrían servir para realizar desde actividades agrícolas a pequeñas actividades de avicultura o apicultura. Múltiples iniciativas están empezando a explorar por todo el planeta estos espacios que el urbanismo y la arquitectura convencionales suelen olvidar.

  • Ventanas y Terrazas: Estos espacios privados, además de alegrar la vista a residentes y gente que pasee por las calles, suponen una excelente herramienta de aprendizaje sobre cuestiones agronómicas.

La proyección de los datos recogidos por colectivos especializados y algunas de las investigaciones más detalladas estiman que, si se desarrollara el conjunto de las potencialidades de la agricultura urbana, se podría aspirar a cubrir entre un 5 y un 7,5% de los consumos de verduras y hortalizas de las grandes ciudades23. La variabilidad dependería de la morfología de cada ciudad, especialmente del grado de compacidad y la red de espacios libres existentes. Una cantidad que si bien no es determinante para el abastecimiento de proximidad puede resultar significativa.

De este conjunto de iniciativas de agricultura urbana convendría destacar en nuestra geografía el caso de los huertos comunitarios, impulsados desde movimientos vecinales y ecologistas. Las comunidades locales que los dinamizan conjugan la devolución del valor de uso a espacios urbanos abandonados, con una rehabilitación relacional para reestablecer la calidad de los espacios mediante la intensificación de las relaciones sociales (desarrollando actividades como fiestas populares, educativas o iniciativas culturales).

Hoy por hoy, los huertos comunitarios son principalmente productores de convivencialidad y un recurso de pedagogía política, de forma secundaria producen verduras y hortalizas. No dan de comer más que de forma testimonial, pero se proyectan hacia el futuro alimentando otros modelos de ciudad y de sistema agroalimentario, ya que son modestas escuelas de soberanía alimentaria donde adquirir nociones sobre horticultura. Espacios estratégicos para la sensibilización ciudadana, la difusión de los análisis y propuestas realizadas desde el entorno social y académico de la Soberanía Alimentaria. la puesta en valor de la actividad agraria como nodo para las alianzas campo ciudad y como puerta de acceso a los principales procesos de cooperación alternativos en cuestiones agroalimentarias (grupos de consumo, circuitos cortos de comercialización…).

Los huertos comunitarios se piensan como el antecedente natural de un modelo complejo e integral de agricultura urbana, son la palanca sobre la que apoyarse para que la agricultura urbana deje de ser un elemento anecdótico a la hora de diseñar y configurar los asentamientos humanos. La actividad hortícola en la ciudad debe concebirse simultáneamente como un principio, un medio y un fin. Una exigencia de inclusión de estas cuestiones en el planeamiento urbano y la ordenación territorial, una herramienta para conseguirlo y una propuesta política para mejorar la calidad de vida de las ciudades.

Artículo publicado en la revista PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global Nº 119. Disponible AQUÍ.

1 Muñoz, V. y De Pedro, F. (2005): Educar para la resiliencia. Un cambio de mirada en la prevención de situaciones de riesgo social. Revista Complutense de Educación Vol. 16.

2 Villalba, C (2006): El enfoque de resiliencia en trabajo social. Rev. Acciones e investigaciones sociales nº 1.

3 Holling, C.S. (1973): Resilience and Stability of Ecological Systems en Annual Review of Ecology and Systematics, vol 4. y Gunderson, L.H. y Holling, C.S. (2002): Panarchy. Understanding transformations in human and natural systems. Island Press.

4 Ibíd.

5 El Stockholm Resilience Centre, dirigido por el profesor Carl Folke, es una referencia en este sentido, se trata de un centro de investigación transdisciplinar que desarrolla distintas líneas de investigación sobre sistemas socioecológicos complejos y prácticas de gestión de ecosistemas.

6 Berkes, F. J. Colding, and C. Folke. (2003): Navigating social-ecological systems: Building resilience for complexity and change. Cambridge University Press, Cambridge, UK

7 VV.AA. (2009): Informe Ciudades. Hacia un pacto de las ciudades españolas ante el cambio global. Cambio Global España 2020/2050. Centro Complutense de Estudios e Información Medioambiental.

8 Magnaghi,A. (2012): El proyecto local. Hacia una conciencia de lugar. Ed Universitat Politecnica de Catalunya. Barcelona.

9 VV.AA. (2011): Informe World Energy Outlook 2011. Ed. Agencia Internacional de la Energía IEA.

10 VV.AA. (2011): Las ciudades y el cambio climático: orientaciones para políticas. Ed. Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos.

11 Folke, Carl; Hahn, Thomas; Olsson, Per; (2005): Adaptive Governance of Social-Ecological Systems en Annual Review of Environment and Resources num. 30, pp. 441-473.

12 El enfoque de la resiliencia impulsado desde la ONU se centra en estas garantías de protección social como clave para enfrentar los procesos disruptivos. Ver el Informe: Resilient People, Resilient Planet: a future worth choosing. Disponible en: http://www.un.org/gsp/sites/default/files/attachments/GSP_Report_web_final.pdf

13 Los bienes comunes son una creativa fórmula, popularizada en la Edad Media en Europa y vigente en muchas comunidades indígenas y campesinas, de regulación social del acceso, mantenimiento y garantía de sostenibilidad de los recursos naturales ecológicamente más sensibles (tierras comunes, agua, caza…). Estos bienes eran considerados de interés general, pues resultaban indispensables para garantizar la continuidad de la propia comunidad, por lo que su uso y gestión se encontraban intensamente regulados. Ya que esta regulación debía garantizar el acceso universal y en pie de igualdad de las personas de la comunidad, así como velar por el cumplimiento de los derechos y obligaciones colectivamente definidos, se exigía que su organización fuera democrática. Recientemente la premio Nobel de economía Elinor Ostrom ha demostrado como la justicia social y la sostenibilidad ambiental impregnan estas prácticas, a través de las cuales distintas comunidades de todo el planeta gestionan caladeros pesqueros, zonas de cultivo, bosques, ríos o incluso sistemas sanitarios.

14 Iniciativas de consumo compartido en las que se prioriza el uso y la capacidad de acceso, más que la propiedad (coches compartidos, bancos de tiempo, intercambio de casas en vacaciones, préstamo de tierras de cultivo…) fomentando el servicio de los productos más que el propio objeto (una persona no paga por llevarse una bicicleta a casa, sino por el derecho a utilizar las de un sistema público, o una lavandería comunitaria…).

15 Dinámicas de abandono de población que se están produciendo en ciudades occidentales, debidas principalmente a la suburbanización (desplazamiento de población y actividades económicas desde el centro urbano a la periferia), a la polarización territorial, y a la desindustrialización y deslocalización productiva que provocan el declive de las economías locales causando el abandono de áreas y barrios industriales. Previsiblemente estos procesos se van a intensificar debido a transformaciones económicas, energéticas y demográficas (menor natalidad, envejecimiento y pérdida de población, movimientos migratorios…). El encogimiento urbano supone una amenaza para el mantenimiento de infraestructuras y servicios pensados para mayor densidad de población. (The Shrinking Cities International Research Network: http://sites.google.com/site/shrinkingcitiesnetwork/).

16 Un trabajo muy detallado de análisis y comparativa de estas iniciativas lo encontramos en Bermejo, R. (2009): Estudio sobre el potencial transformador de las sociedades en emergencia energética. Revista Economías nº71. Ed. Gobierno Vasco.

17 Martinez, G. La urgencia climática de un nuevo sistema agroalimentario. Revista Soberanía Alimentaria nº8. Ed. Via Campesina.

18 “Se calcula que hay unos 800 millones de personas dedicadas a la agricultura y ganadería urbanas, que producen entre el 15 y el 20% de los alimentos del planeta. Se considera que para el año 2020 en las ciudades africanas habrá entre 35 y 40 millones de personas que dependerán de estas actividades para cubrir sus necesidades alimentarias”. Karanja, N y Njenga, M. (2011): Alimentar las ciudades en VV.AA. La situación del mundo 2011. Ed. Icaria.

19 Ver la página especial del Departamento de Agricultura de EE.UU. sobre los Food Deserts : http://www.ers.usda.gov/Data/FoodDesert/

21 Magnaghi, A. e Fanfani,D. (2010): Patto citta campagna: un progetto di bioregione urbana per la Toscana centrale. Ed Alinea. Firenze.

22 Verdaguer, C. y Vazquez, M. (2010): El espacio agrícola entre el campo y la ciudad. Disponible en : http://habitat.aq.upm.es/eacc/

23 Destacar el trabajo la asociación Growing Communities y su Food Zone Diagram realizado para Londres, y especialmente invetigaciones como la de Ackerman, R. (2011): The potencial for urban agriculture in New York City. Growing capacity, food security and green infrastructure. Ed Urban design Lab.

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