Ciudad y azada se escriben en femenino. Agricultura urbana, ecofeminismo y soberanía alimentaria en la ciudad.

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A continuación compartimos nuestro capítulo publicado en el libro LA CIUDAD AGRARIA. AGRICULTURA URBANA Y SOBERANÍA ALIMENTARIA, coordinado por Guillem Tendero y editado por Icaria.

1 Ecofeminismo y soberanía alimentaria entre edificios.

“Dado que la división del trabajo ha dejado la economía del sustento en manos, fundamentalmente, de las mujeres, éstas generan, sostienen y regeneran la vida. Las instituciones patriarcales globales, sin embargo, funcionan como desencadenantes de muerte y destrucción en su empeño por apropiarse de la vida y mercantilizarla. Los temas son viejos; los instrumentos, sin embargo, son nuevos. Los paradigmas son viejos; los proyectos, nuevos. El ansia patriarcal por controlarlo y poseerlo todo es vieja; sus expresiones son nuevas. La lucha ecologista y feminista por proteger la vida es ya antigua; el contexto de la economía globalizada es novedoso. Lo que está en juego en esta contienda épica de nuestro tiempo es la posibilidad de seguir vivos.” Vandana Shiva

Las sociedades industrializadas se encuentran en una deriva que cada vez las ha ido alejando más, de forma literal y simbólica, de la naturaleza. Encerrados en ciudades crecientemente artificializadas somos incapaces de percibir los impactos ambientales que provoca nuestro estilo de vida y la vulnerabilidad socioecológica que está generando. En este contexto el ecologismo tiene como objetivo reintroducir en la esfera pública y en la agenda política el hecho de que estamos rebasando los límites biofísicos del planeta, debido a una presión extractivista que no respeta los ciclos naturales, y que agota y degrada los recursos (crisis energética, contaminación, acceso al agua…), y la evidencia de que el sustento de la vida se encuentra estrechamente ligado a un aprovechamiento renovable de los bienes y servicios que nos prestan los ecosistemas (regulación hídrica y climática, polinización, provisión de alimentos y materias primas…).

El movimiento ecologista lleva décadas afirmando que somos ecodependientes, lo que quiere decir que extraemos de la naturaleza los recursos que nos permiten sostener nuestra vida. A largo plazo cualquier idea de buena vida debe garantizar la reproducción de los ecosistemas naturales de los que depende, sin ellos no hay modelo socioeconómico perdurable en el tiempo. La economía convencional suele obviar, por deformación profesional o por calculado interés, esta simple verdad sin la cual la vida sobre el planeta no resulta técnicamente viable.

De igual manera, la pervivencia del patriarcado como sistema de dominación que subordina a las mujeres ha tenido múltiples impactos sobre el sistema socioeconómico, entre los que destacarían la invisibilización y desvalorización de las tareas relacionadas con los cuidados. La división sexual del trabajo, los modelos de familia y el individualismo imperante se asientan sobre una noción de sujetos autosuficientes, que niegan la vulnerabilidad de sus cuerpos y la necesidad de ser cuidados, en las distintas etapas de la vida, por parte de otras personas que generalmente son mujeres (Pérez Orozco 2014). Una de las demandas históricas del feminismo ha sido situar la interdependencia en el centro del debate y las prácticas políticas, enfatizando que las tareas que garantizan la reproducción social deben ser puestas en valor, integradas en los modelos económicos y en las políticas públicas, de forma que puedan reorganizarse y repartirse con equidad.

Como resultado del encuentro entre ecología y feminismo surge el ecofeminismo, discurso y práctica política que se ha desarrollado durante los últimos cuarenta años. Un diálogo entre movimientos sociales en el que se intercambian aparatos conceptuales y experiencias prácticas, dando lugar a una comprensión recíproca cuya síntesis ofrece una nueva forma de aproximarse a la realidad. Saberes que puestos en común aumentan su potencia explicativa, pues, tal y como apuntan Yayo Herrero (2013) o Alicia Puleo (2013), el análisis del heteropatriarcado y de la insostenibilidad ambiental ganan en profundidad, complejidad y claridad cuando se abordan de forma conjunta. El ecofeminismo supone la articulación de una complicidad cognitiva entre ecología y feminismo, pues diagnostica e interviene sobre lo que Amaia Pérez Orozco (2014) ha definido como el conflicto capital-vida, que viene a expresar cómo las sociedades de mercado obsesionadas por el crecimiento económico muestran un desprecio hacia la vida, o más concretamente hacia aquello que permite sustentarla, como son los ecosistemas naturales y los trabajos de cuidados. Nos encontramos en resumen ante una crisis que es tanto ecológica como de cuidados.

“Sólo se podrá salir de una forma digna de esta crisis planteando otras preguntas: cómo debemos habitar la tierra; qué mantiene vivas a las personas y, por tanto, qué debemos conservar; cuáles son las necesidades que hay que satisfacer para todas; cómo se distribuyen los bienes y el tiempo de trabajo; quiénes y cómo toman las decisiones en nuestras sociedades…” (Herrero 2013: 283)

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Trasladar a los entornos urbanos la mirada ecofeminista supone entender, como no se cansaba de afirmar el filósofo Henri Lefebvre, que la ciudad no es más que la sociedad inscrita en el suelo, una materialización sobre el territorio de sus contradicciones, conflictos y conquistas sociales. Las calles, edificios y plazas conforman un hábitat con el que las sociedades se identifican colectivamente, ciudades construidas a imagen y semejanza de la sociedad que las erige. Por tanto, observando el espacio que ocupan la naturaleza y las personas en la ciudad podemos entender los objetivos, valores y la distribución del poder imperante en una sociedad; al mismo tiempo, atendiendo a los conflictos y a la emergencia de propuestas alternativas que surgen de diversas luchas urbanas, podemos intuir los esbozos de otras ciudades posibles.

La ciudad contemporánea refleja un modo de relacionarse con el mundo basado en la separación de las distintas dimensiones que componen la vida, un conocimiento fragmentando y especializado que olvida que el todo es más que la suma de las partes. Un paradigma que se traslada a la ciudad de varias formas: limitando la capacidad de decisión y actuación a un grupo reducido de expertos, concibiendo el hecho urbano como una serie de funciones y espacios independientes y aislados entre sí. Así el principio de zonificación que empezó a aplicarse tras la segunda guerra mundial y que delimita espacios para “habitar, trabajar, recrearse (en las horas libres), circular” (CIAM 1933), ha derivado en un modelo urbano y territorial que destierra los espacios y procesos agrícolas, forestales o naturales fuera de la ciudad, expandiendo el dominio de la mirada urbanocéntrica sobre todo el territorio. Por otra parte, esta misma zonificación, acentúa la división sexual del espacio, que ya no solo se produce a escala individual, entre el espacio público y el privado, sino en la misma escala territorial, con unas áreas urbanas de centralidad que se asocian a la producción y al hombre (distritos de oficinas y financieros), y unos espacios suburbanos residenciales asociados a la reproducción y por tanto a la mujer (Domosh y Seager 2001). La urbanista Isabela Velázquez llama la atención sobre el hecho de que los barrios y municipios residenciales de la periferia urbana se han denominado ciudades dormitorio, cuando en realidad los únicos que marchaban por la mañana y volvían únicamente a la hora de dormir eran los varones trabajadores, mientras que mujeres dedicadas a la casa, niños y mayores que vivían con ellos, en muchos casos permanecían todo el día allí (Velázquez, 2012).

En estos tiempos convulsos las propuestas para una regeneración urbana integral se apoyan en una noción inclusiva de calidad de vida urbana, en la que se entrelacen tanto la reproducción social como la necesidad de hacer frente al reto ecológico. Un cruce de caminos entre el urbanismo inclusivo y el ecourbanismo para asumir que la crisis socioecológica resulta inseparable del proceso de urbanización a nivel planetario, inducido por la globalización económica durante las últimas décadas.

La alimentación y la forma de las ciudades.

Una de las temáticas que de mejor manera permite aterrizar esta mirada ecofeminista sobre el contexto urbano sería la relación de la ciudad con la alimentación. A grandes rasgos hablar de ciudades a lo largo de la historia era hablar de agricultura, y de una relación simbiótica entre asentamientos humanos y territorio. Una relación quebrada por el acelerado proceso de industrialización que, con el acceso a la energía abundante y barata, posibilitó un aumento de los procesos de urbanización, el transporte a larga distancia y la expansión de mercados globales. El surgimiento de la ciudad industrial alimentó una ficticia independencia del suministro de alimentos de producción local y de la disponibilidad estacional, fomentando la progresiva degradación y distanciamiento afectivo de los espacios agrícolas, erosionando el vínculo entre ciudad, ciudadanía y alimentación de proximidad.

Las personas somos lo que comemos, las ciudades también, pues su organización, el trazado de sus calles o la disposición y diseño de sus edificios se encuentran fuertemente condicionados por cómo se asegura la alimentación de sus habitantes. Las vías de acceso, las infraestructuras logísticas y de transporte, el funcionamiento de los equipamientos, los usos de los espacios públicos, la concepción de las zonas verdes y los espacios periurbanos, las tipologías de vivienda y el lugar que ocupan en ellas las cocinas, responden a la necesidad de albergar las funciones de transporte, almacenamiento, distribución, venta y consumo de alimentos. Carolyn Steel ha escrito un interesante libro en el que desarrolla esta hipótesis y analiza cómo en la configuración de las estructuras urbanas se puede rastrear la huella de la alimentación, mostrando el cambio experimentado a lo largo del tiempo la organización de estas funciones, y su deriva hacia modelos simplificados, homogeneizados y monopolizados por grandes corporaciones empresariales (Steel 2013).

Community garden, Boulder, Colorado. May 2014. 84150

En un marco global de aumento de población y, por tanto, de la necesidad de alimentos, la viabilidad del conjunto de la cadena agroalimentaria se encuentra en entredicho por cuestiones como la falta de disponibilidad de energía abundante y barata1, la creciente competencia por el acceso a tierras fértiles ante el cambio climático, el incremento de producción de agrocombustibles y otros cultivos en detrimento de los alimentarios2, los movimientos especulativos en el comercio de alimentos y el aumento de sus precios, o el control del suministro de alimentos en las grandes ciudades por parte de un reducido número de corporaciones. Se podría hablar de un “pico de los alimentos” debido a que el sistema alimentario globalizado está alcanzando los límites de los recursos que precisa (agua, suelo, combustibles fósiles), de modo que en un futuro próximo asistiremos al fin de la “comida barata” (Morgan 2014; Marsden y Morley 2014). En este contexto, y como la propia FAO (2011) reconoce, está emergiendo un nuevo paradigma basado en un enfoque relocalizado de la alimentación. Las ciudades tienen un papel clave en el desarrollo de este paradigma alimentario, ya que son el espacio en el que estos problemas se hacen más evidentes y donde reside un potencial desaprovechado para desarrollar alternativas transformadoras.

La alimentación es una necesidad básica que integra transversalmente las distintas manifestaciones de la vida, tanto individual como colectiva, al integrar economía, sociabilidad, salud, cultura, territorio, identidad… Un punto de partida interesante es observar cómo la satisfacción de este imponderable ha perdido valor social, se ha invisibilizado, mercantilizado y feminizado. Desde el ecofeminismo se ha planteado cómo el sistema dominante desprecia al campesinado encargado de producir los alimentos, a las mujeres que generalmente se encargan de comprarlos y transformarlos, así como a las subculturas urbanas que impulsan estilos de vida y patrones de consumo alternativos.

“Cultivar y elaborar los propios alimentos, así como cocinarlos para alimentar, son concebidas desde la mirada (pre)dominante como actividades sin valor y despreciables económica y socialmente, preferiblemente realizadas por otros y otras categorizadas como inferiores. Esta concepción es parte fundamental del sustrato cultural que acompaña y refuerza el cambio hacia la industrialización agroganadera en el mundo rural y hacia la industrialización doméstica en las cocinas de los hogares. La alimentación se industrializa y mercantiliza en todas sus fases a medida que el qué se come, dónde se come y con quién se come se consolidan como signos de distinción en una sociedad opulenta” (Soler y Pérez 2013:135)

El cuestionamiento del modelo agroindustrial lleva décadas siendo protagonizado por el movimiento campesino a nivel mundial, organizado en Vía Campesina y vertebrado en torno a la agroecología, que trata de promover la sostenibilidad y la justicia social a lo largo de toda la cadena alimentaria. Un movimiento que ha encontrado en la noción de soberanía alimentaria3 la herramienta con la que tender puentes con las ciudades, igual que la piedra clave determina la construcción de un arco, dando estabilidad a la unión de las piezas situadas entre dos pilares, la soberanía alimentaria es la noción que está en el centro de las acciones que nos permiten entretejer una nueva alianza entre campo y ciudad.

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El marco de la soberanía alimentaria evidencia la vulnerabilidad de las ciudades ante fenómenos como la crisis ecológica (cambio climático, energía, pérdida de biodiversidad…), la mercantilización de la alimentación y el control por parte de las grandes corporaciones, la creciente desigualdad en el acceso a una alimentación saludable, la erosión de las culturas alimentarias locales… Una problemática reconocida globalmente a través de figuras como el Pacto de Milán por las Políticas Urbanas Alimentarias, firmado en 2015 por más de 120 ciudades de todo el planeta, donde se comprometen a impulsar la transición hacia la sostenibilidad social y ambiental de sus modelos de abastecimiento con el fin de conformar sistemas alimentarios sostenibles, inclusivos, resilientes, seguros y diversificados, asegurando comida sana y accesible a todos en un marco de acción basado en los derechos.

Habitamos una crisis multidimensional, donde convergen y se retroalimentan las distintas expresiones de la crisis social, económica y ecológica, cuyo epicentro son las ciudades. Asumiendo este diagnóstico, nuestra voluntad es profundizar desde una perspectiva ecofeminista en el papel que están jugando las iniciativas de agricultura urbana a la hora de intervenir sobre esta compleja realidad.

2. Mujeres y agricultura urbana. Poner la vida en el centro de la ciudad.

“Desde una perspectiva ecofeminista, en debate con algunos feminismos, no se trataría, por tanto, de negar la dimensión natural de las mujeres, sino de “renaturalizar” al hombre, ajustando la organización política, relacional, doméstica y económica a las condiciones de la vida, que vienen dadas por el hecho de formar parte de la comunidad biótica. Una “renaturalización” que es al tiempo “reculturización” (construcción de una nueva cultura) que convierte en visible la ecodependencia e interdependencia para mujeres y hombres”. Yayo Herrero.

Las azadas no son herramientas nuevas para las mujeres, en términos históricos las economías campesinas se han sostenido mediante una fuerte presencia de mujeres, aunque generalmente estas hayan estado relegadas a la agricultura doméstica o de subsistencia mientras los hombres se encargaban de las actividades más orientadas a la vida pública. Un reparto de tareas que reproducía una división sexual del trabajo, subordinando económica y simbólicamente las actividades desempeñadas por mujeres (agricultura doméstica, recolección de semillas y saberes asociados, cocina y conservación de alimentos…). Aproximarnos a la agricultura urbana implica reactualizar algunos de los debates, reivindicaciones y prácticas que las mujeres han protagonizado en las organizaciones campesinas: defensa de la proximidad, participación en pie de igualdad, énfasis en los manejos ecológicos, acceso de mujeres a recursos como tierra y semillas… (Desmarais 2007), así como identificar las nuevas discusiones e innovaciones que se pueden estar desarrollando en ámbitos urbanos.

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Fotografía de un proyecto de Joseba Muruzabal que pone en valor la historia de las mujeres mayores gallegas.

La agricultura urbana es una práctica en la que confluyen y se integran ciudad, agricultura y comunidad, por lo tanto es un espacio privilegiado para el desarrollo de nuevas formas de relación con la naturaleza y con las personas dentro de los entornos urbanos. Estos pequeños fragmentos de ciudad tienen la virtud de anticipar rasgos que debe tener cualquier alternativa a un modelo social, económico y territorial que invisibiliza y desprecia el cuidado de la vida.

¿Y si los huertos urbanos fuesen un indicador de habitabilidad?

El pedagogo italiano Francesco Tonucci (1996, 2004) impulsa en la pequeña ciudad de Fano un proyecto innovador, La Ciudad de los niños y niñas, que se basa en pensar en la autonomía infantil y la posibilidad de ejercer el derecho al juego en el espacio público como indicador de habitabilidad para las ciudades. Esta es una forma provocadora de darle la vuelta a las premisas dominantes en el planeamiento urbano, al reconocer y legitimar de manera privilegiada la mirada de la infancia, considerando que incluye otras miradas subordinadas a la hora de pensar la ciudad, como las de las mujeres , las personas de la tercera edad, con diversidad funcional… Un proyecto articulado en torno a la participación infantil en el urbanismo municipal (diseño de espacios públicos, normativas relacionadas con el juego y la incorporación simbólica de la infancia en callejeros o esculturas…) y el fomento de la movilidad de los niños en la ciudad, favoreciendo que acudan solos a la escuela andando o en bicicleta. Más allá de las propuestas concretas se trata de una invitación a adoptar otro estilo, otra ética a la hora de abordar las cuestiones urbanas, desarrollando el trabajo cooperativo y adoptando una mirada transversal que atraviesa todas las problemáticas (seguridad, movilidad, accesibilidad, zonas verdes, equipamientos, políticas públicas…).

Desde una perspectiva ecofeminista podríamos entender la agricultura urbana de una forma similar, como un instrumento que permite introducir en la ciudad otras miradas, otras necesidades, otras funciones… explorando la conformación de un modelo urbano alternativo y cumpliendo una función demostrativa y pedagógica que acompañe al necesario cambio cultural. En este sentido la agricultura urbana se convierte en un referente de la innovación social y del experimentalismo dentro de las grandes ciudades (Subirats 2015). Especialmente en el norte global, donde generalmente el acceso a la alimentación básica no ha dependido de esta actividad, ha habido margen para experimentar otras potencialidades educativas, de socialización, expresivas, comunitarias…

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Alimentando las ciudades en el Sur Global

En las ciudades del sur global los problemas de acceso a la alimentación han sido una constante, pues el crecimiento urbano de las últimas décadas se ha concentrado en ellas, así actualmente representan el 90% de todas las megalópolis de más de ocho millones de habitantes, de los cuales el 78,2%, es decir, un tercio de la población urbana mundial, vive en áreas urbanas hiperdegradadas, favelas, slums… (Davis, 2007). Las precarias condiciones de vida que se dan en muchas de estas periferias urbanas del sur global se deben a su expansión urbana acelerada y no planificada. Sin embargo estos crecimientos han tenido que ser funcionales a las estrategias de supervivencia que sus habitantes han ido ensayando en situaciones muy hostiles. En este sentido es destacable el redescubrimiento de la multifuncionalidad de la agricultura urbana (generación de renta, aporte a la seguridad alimentaria, mejora del confort ambiental…) que ha hecho que este urbanismo informal dote, en muchos casos, a esta actividad de una importante centralidad a la hora de garantizar una mínima calidad de vida en entornos urbanos.

En muchas de estas ciudades sus habitantes tienen que destinar cerca del 80% de sus ingresos a la alimentación y por tanto la agricultura urbana se torna en un proveedor insustituible, así en África una quinta parte de la población urbana se alimenta gracias a este tipo de cultivos: “Se calcula que hay unos 800 millones de personas dedicadas a la agricultura y ganadería urbanas, que producen entre el 15 y el 20% de los alimentos del planeta. Se considera que para el año 2020 en las ciudades africanas habrá entre 35 y 40 millones de personas que dependerán de estas actividades para cubrir sus necesidades alimentarias” (Karanja y Njenga 2011).

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Las investigaciones especializadas (Hovorka et al 2009) evidencian que, aunque en ocasiones la situación en contextos urbanos es de menos desigualdad que en entornos rurales, en los proyectos de agricultura urbana se reproducen las diferencias de género, de modo que a pesar de que quienes cultivan alimentos en las ciudades son en su gran mayoría mujeres, los proyectos en los que participan están generalmente orientados a la autosubsistencia, mientras los hombres predominan en los de orientación comercial. Las razones para que esto ocurra son variadas y coinciden en distintas partes del mundo, y se enraízan en las diferencias de género que se producen alrededor de diversos aspectos, como pueden ser los derechos de propiedad de la tierra, el control sobre recursos como crédito, información, tecnología, conocimiento, etc; el acceso a educación y empleo formal, o la posibilidad de participar en los procesos de toma de decisiones en las escalas comunitaria y familiar. A esto se suman las responsabilidades que se le presuponen a la mujer dentro del hogar, y que provocan que tenga una menor libertad de movimiento, y una responsabilidad directa en alimentar a los miembros de la unidad familiar, bien sea a partir del dinero que aporta el hombre y que se debe repartir entre distintos gastos, o por otros medios, como es el producir directamente los alimentos. Estas condiciones suponen que haya diferencias importantes entre proyectos de agricultura urbana impulsados por hombres o mujeres, en cuanto a qué se cultiva: cultivos más variados y con menos exigencias de cuidado en el caso de mujeres, frente a cultivos de más valor añadido en el caso de los hombres; dónde se cultiva: en el ámbito privado, patios y azoteas, o cerca del hogar, en parcelas con peores condiciones y en las que se realizan pocas inversiones en el caso de las mujeres, frente a parcelas que pueden estar más alejadas, tener mayor tamaño, recibir más inversiones en infraestructura y llegar a ser de propiedad en el caso de los hombres; y cuál es el destino de la producción: autoconsumo, transformación, trueque o comercialización de excedentes por canales informales en el caso de las mujeres, frente a canales convencionales en el de los hombres. Por tanto, si bien son las mujeres las que mayoritariamente están alimentando a las ciudades, su labor no se refleja en la contabilidad monetaria clásica, pues su producción no entra en el circuito comercial o lo hace de manera informal, dado que está destinado predominantemente al autoconsumo. En cualquier caso las mujeres que desarrollan proyectos de agricultura urbana en general se aseguran una mayor independencia, incrementan su confianza, mejoran su calidad de vida y tienen más opciones de aumentar su participación política mediante la asociación y cooperación.

El énfasis en la satisfacción de necesidades básicas que juega la agricultura urbana en estas ciudades muestra muchas de sus potencialidades en cuanto a la producción de alimentos, el urbanismo, la construcción de redes socioeconómicas o el empoderamiento de las mujeres. Insertar en la agenda política internacional la cuestión de la agricultura urbana responde, en buena medida, al trabajo realizado desde la cooperación al desarrollo que ha impulsado muchas investigaciones, análisis, procesos de capacitación, recopilaciones de buenas prácticas… Una tendencia que entra en diálogo con la historia particular de la agricultura urbana en las ciudades occidentales, donde podemos encontrar más desarrollada la multifuncionalidad de la agricultura urbana, en detrimento de su dimensión estricta de producir alimentos, salvo en determinados periodos de crisis económicas, conflictos bélicos, o situaciones de colapso sociourbanístico (Fernández Casadevante y Morán 2015).

Transformando las ciudades del Norte Global

En el norte global la agricultura urbana presenta una enorme diversidad, las tradiciones de cada región han evolucionado en distintas tipologías de huertos, jardines y granjas urbanas, que presentan diversas finalidades, de tipo económico, comercial, formativo, social o comunitario. La complejidad del fenómeno hace que no resulte sencillo encontrar estadísticas sobre la composición social de sus practicantes, no existen números que nos ayuden a describir en profundidad algunos de sus rasgos, pero la intuición apunta hacia la relevancia del papel que están jugando las mujeres.

1926_30 aniv ligaPlantar verduras en la ciudad no es una actividad neutral o aséptica, sino que dependiendo de la intencionalidad con la que se haga puede ponerse al servicio del cambio social o servir para frenarlo. Desde su origen, las primeras experiencias de agricultura urbana en las ciudades occidentales, los huertos obreros del siglo XIX, tenían entre sus objetivos la fijación de los roles de la familia tradicional, así como una marcada asignación de tareas por género: el hombre trabajando en el huerto para llevar el alimento al hogar, la mujer gestionando los productos de la cosecha y cocinando, u ocupándose de embellecer los bordes de la parcela con plantaciones de flores, y los niños jugando y ayudando a quitar malas hierbas… Estos huertos se presentaron a menudo por sus impulsores, reformistas sociales y entidades del catolicismo social principalmente, como una alternativa a la taberna y al socialismo. Un lugar desde el que transmitir una serie de valores que ayudaran a disciplinar a un imprevisible proletariado, inculcándoles la meritocracia, el esfuerzo, la familia y la propiedad privada como referencias vitales (Fernández Casadevante y Morán 2015).

Las connotaciones del jardín y sus flores como imagen de la belleza, la calma y la contemplación, y sus referencias históricas como espacios para preservar la “pureza femenina”, junto a la percepción social de la agricultura como una actividad hipermasculinizada, que arrinconaban a la mujer en espacios y ocupaciones concretas, convirtieron los primeros huertos urbanos en un espacio de disputa. En ellos el feminismo fue echando raíces y desafió las reglas de género que históricamente se habían asociado al cultivo de alimentos. Hasta llegar a la situación actual en la que el protagonismo de las mujeres en la agricultura urbana es incuestionable, cuantitativamente al ser mayoría en muchas de las iniciativas existentes y cualitativamente al haber impregnado la actividad de una serie de valores asociados culturalmente a lo femenino: cuidado de las personas y de la naturaleza, satisfacción necesidades fuera del mercado, puesta en valor de lo cotidiano y de la proximidad espacial, énfasis en la dimensión social de las experiencias…

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El huerto urbano concebido como espacio de socialización y trabajo masculino, y como alternativa de ocio para que el hombre trabajador, retirado o parado pueda pasar su tiempo libre de una forma más productiva, a la vez que sale de casa, ha entrado en crisis. En un estudio estatal realizado en los huertos de ocio ingleses en los años 80 los integrantes de una asociación de hortelanos especificaban que entre sus motivaciones estaba “alejarse de la mujer y los niños” (Crouch y Ward 1988:90), algo que sería imposible de conseguir en los huertos de ocio contemporáneos en dicho país. De acuerdo a un estudio reciente (Buckingham 2005) se advierte que si en los años 60 del pasado siglo los hombres eran el 97% de los hortelanos, y en los 90 aún suponían el 85%, a comienzos del siglo XXI la proporción se ha equilibrado, con más de un tercio de mujeres, que además se concentran en los rangos de menor edad. Las motivaciones y las prácticas de las mujeres que participan en estos huertos de ocio son distintas a las de los hombres, y esto influye en qué se cultiva y cómo se cultiva, en la forma y la función de estos espacios. Así una preocupación central para las mujeres es asegurarse de que los alimentos que consumen no contienen químicos, por lo tanto no utilizan herbicidas, pesticidas ni fertilizantes (mientras los hombres los utilizan a veces o regularmente), realizan prácticas de compostaje y son más proclives a innovar con enfoques no tradicionales como la permacultura o los diseños más orgánicos. Otras motivaciones de las participantes son obtener más diversidad de alimentos que las variedades comerciales que ofrecen los supermercados, y tener un espacio en el que sus hijos puedan jugar y aprender.

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A pesar de su evidente apertura en cuanto al género, se pueden advertir procesos de cambio en la composición social de estos huertos que apuntan hacia otras formas de inequidad, dado que han pasado de ser espacios utilizados únicamente por las clases trabajadoras a empezar a ser ocupados por clases medias, y continúan siendo mayoritariamente utilizados por población blanca. La localización de los huertos y el tiempo de dedicación que requieren, hace que en general solo sean una opción para mujeres con independencia económica, cabezas de familia, autónomas o autoempleadas. Otros perfiles de población encuentran espacios más accesibles en los huertos diseñados como herramientas de integración y apoyo social, localizados en los barrios más vulnerables y dirigidos a comunidades concretas, como mujeres migrantes. En una de estas experiencias las participantes definían los huertos como espacios en los que obtener acceso a alimentos frescos y apropiados con el fin de mejorar la dieta familiar en términos nutricionales y culturales, además de lugares de encuentro y reconocimiento en los que ampliar sus relaciones comunitarias, encontrarse con gente de otras culturas, aprender y establecer vínculos con su lugar de origen a través de los cultivos (íbidem).

Si volvemos la vista a la situación en Estados Unidos, cuna de los huertos comunitarios durante los años 70, encontramos una mayor presencia de mujeres que en los huertos de ocio ingleses. Hace un par de años New York Times trató de hacer una aproximación de género a este fenómeno, al no poder encontrar datos estadísticos generales procedió a entrevistar a representantes de 19 iniciativas de agricultura urbana, tanto sociales como profesionalizadas en la comercialización de verduras. Lo sorprendente era que de ellas 15 estaban dirigidas por mujeres, cerca del 80%. Al indagar en la composición tanto de las plantillas que trabajan en estas iniciativas, como de los coordinadores, dinamizadores y educadores el número de mujeres siempre oscilaba entre el 60 y el 80%. Steve Frillmann coordinador de Green Guerrillas, organización orientada al apoyo de más de 200 huertos comunitarios en New York, estima que el 75% del equipo local de voluntariado son mujeres, que viven en los barrios populares y en su mayoría pertenecen a minorías étnicas (latinas, negras, asiáticas…)4.

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Por otra parte, un estudio en regiones metropolitanas de EEUU muestra cómo las agricultoras ecológicas profesionales, blancas y de clase media mayoritariamente, encuentran en esta actividad un estilo de vida que les permite conjugar de forma consciente sus preocupaciones por el autocuidado, una actividad profesional que sirva para cuidar el medio ambiente y satisfacer necesidades sociales, mediante redes alimentarias alternativas no basadas en la lógica del lucro. De acuerdo a Jasroz (2011) las principales motivaciones que encontraban para dedicarse a la agricultura, por orden de relevancia, serían:

  1. Elegir un estilo de vida y una reorientación en mi vida profesional.
  2. Cultivar comida y alimentar personas.
  3. Autosuficiencia económica e independencia.
  4. Compromiso político y social con un sistema alimentario sostenible.
  5. Una forma de educar sobre la alimentación y la agricultura.

En todas estas experiencias contemporáneas podemos advertir formas de concebir y participar en las iniciativas de agricultura urbana, transformando las visiones y modelos tradicionales. Una hipótesis que sostenemos es que la presencia de mujeres en los proyectos de agricultura urbana aumenta en la medida en que la actividad productiva es secundaria respecto a otros fines sociales que la complementan, y que cuando la actividad comercial es central la participación de mujeres aumenta en la medida en que esta se realiza mediante circuitos no convencionales, como los circuitos cortos, la venta directa o la agricultura sostenida por la comunidad.

La relativa novedad de la agricultura urbana en nuestra geografía hace que todavía no haya investigaciones o datos empíricos que permitan valorar el impacto sociocultural de la fuerte presencia de mujeres. Una línea de trabajo que queda abierta y que convendría profundizar en un futuro cercano.

3 Ingredientes ecofeministas para recomponer la ciudad

Hay victorias que exaltan, hay otras que envilecen. Hay derrotas que asesinan, hay otras que despiertan. No se puede enunciar la vida a través de estados, sino a través de marchas. La única victoria de la que no puedo dudar es la que se aloja en el poder de las semillas. Una vez plantada a lo largo y a lo ancho de las tierras negras, la semilla ya ha triunfado. Pero hay que desplegar el tiempo para asistir a su triunfo en el trigo.” Antoine Saint-Exupéry.

Un ingrediente es un elemento que forma parte de un compuesto, la agricultura urbana sería uno de los ingredientes imprescindibles de cualquier proyecto de futuro para la ciudad, una pieza privilegiada para resolver el rompecabezas de una transición hacia la sostenibilidad y la justicia social. Lograr que cumpla este cometido, y no se convierta en una moda pasajera políticamente estéril, pasa por potenciar los rasgos que la conectan con una mirada ecofeminista.

Para valorar las iniciativas de agricultura urbana desde una perspectiva ecofeminista plantearemos de qué maneras sus prácticas incorporan acciones y experiencias que permitan vivenciar y valorar la ecodependencia y la interdependencia. ¿En qué medida estas prácticas pueden convertirse en indicadores de habitabilidad y sostenibilidad de las ciudades? ¿Cómo están satisfaciendo necesidades individuales y colectivas, tanto alimentarias como de otro tipo (participación, identidad, culturales, seguridad…), a la par que mejoran la calidad de vida y la resiliencia de la ciudad? ¿Qué efectos positivos están provocando en el hábitat y los estilos de vida de sus habitantes en términos relacionales y ambientales?

Obligar a que la ciudad ponga los pies en la tierra.

El cultivo de la tierra es una actividad privilegiada para paliar la desconexión ambiental que vivimos en las ciudades, excesivamente artificializadas, permitiendo que la ciudadanía pueda recrear vínculos materiales y simbólicos con la naturaleza. Igual que nadie echa de menos a una persona que no conoce, la importancia del medio ambiente no se perciben si no se conecta con la vida cotidiana de la gente. No amamos la vida en abstracto, amamos personas, comunidades y territorios que conocemos, con los que nos hemos implicado, a los que hemos dedicado tiempo y de cuyo cuidado nos hemos corresponsabilizado. Los seres humanos necesitamos vínculos con el entorno material que habitamos. Esta relación afectiva con el espacio, de amor hacia aquellos lugares que nos son significativos, ha sido denominada topofilia.

[…] El hombre moderno ha conquistado la distancia pero no el tiempo. En el espacio de una vida, el hombre de hoy sólo puede establecer raíces profundas en un pequeño rincón del mundo. […] Así como la pretensión de amor por la humanidad despierta nuestras sospechas, la topofilia suena falsa cuando se proclama para un gran territorio. La topofilia requiere un tamaño compacto, reducido a una escala determinada por las necesidades biológicas y las capacidades sensoriales (Tuan 2007:141).

Los huertos urbanos devienen espacios productores de topofilia, puesto que son fruto de la transformación activa del entorno por grupos humanos que, mediante la acción colectiva, establecen intensos vínculos afectivos, simbólicos y estéticos con el espacio. Grupos que se proyectan en el futuro del espacio y que se comprometen en su cuidado y mantenimiento constante, pues cultivar supone responsabilizarse de la fragilidad de la vida.

Una investigación reciente sobre los huertos escolares y comunitarios de Madrid (Garrido 2015), concluye que los aspectos que más valoran quienes participan en los mismos no tienen que ver tanto con la producción de alimentos, como con la recuperación de espacios públicos, la animación de la vida de barrio o la educación en temas ecológicos. Algo similar ocurre en los huertos sociales que recientemente han surgido en distintas ciudades griegas como respuesta a la crisis, así los participantes del huerto urbano de Thermi, al sur de Salónica, explican que si bien tuvieron entre sus motivaciones iniciales otras de corte más individual u orientadas exclusivamente a la obtención de alimentos, después de un año de participación destacan sobre todos los demás beneficios del huerto la formación de lazos comunitarios, y de pertenencia y apego al lugar (Partalidou y Anthopoulou 2016).

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De acuerdo a Preston (2003) “el sentido de pertenencia no es un sentimiento difuso de apego, sino una interacción dinámica continua entre las personas y su mundo”. En este sentido más allá de la implicación con el lugar concreto se desarrolla el compromiso con la misma actividad de cultivar los alimentos, de fertilizar el suelo, de cuidar las plantas y conocer los ciclos ecológicos implicados en este proceso, dado que esta actividad es el medio por el que se produce en las experiencias de agricultura urbana la relación con nuestro entorno. El mundo con el que interaccionamos deja de ser el meramente urbano, para convertirse también simbólicamente en la representación de los espacios de producción de alimentos situados más allá de los límites de la ciudad.

Este es un excelente punto de partida para visibilizar en ámbitos urbanos la cuestión alimentaria, aumentando la conciencia sobre el trabajo, el tiempo, el espacio y los recursos necesarios para hacer crecer nuestros alimentos, o para prepararlos, conservarlos y cocinarlos. La actividad agrícola ha gestionado la ecodependencia a lo largo de la historia, a través de estrategias y prácticas de cuidado, conservación y reproducción de los recursos naturales. La industrialización de la agricultura separa a las personas de la tierra, de las semillas, de los animales… y hace que se pierda el componente de cuidado implícito en esta actividad: la relación directa con los recursos y procesos naturales se sustituye por operaciones de laboratorio (modificación de semillas, producción de insumos, etc) y trabajo mecánico (vehículos, máquinas que alimentan animales, control de humedad y fertilidad, etc). Sin embargo son precisamente los trabajos reproductivos, los conocimientos adaptados y la proximidad al terreno lo que aseguraba la sostenibilidad en el tiempo del abastecimiento alimentario, como apunta Vandana Shiva (2016), lo que se veía como improductivo o desechable en el contexto comercial de la revolución verde, emerge como productivo desde un punto de vista ecológico.

Vistos en su conjunto, los mosaicos verdes generados por los huertos en la ciudad reintroducen muchas de las dinámicas ocultas por el metabolismo urbano, cuestiones como la importancia de la estacionalidad, del ciclo del agua, los nutrientes del suelo ligado al compostaje y la gestión de los residuos, el valor de la biodiversidad cultivada y de la fauna asociada, la importancia de los suelos fértiles, los conocimientos y manejos agronómicos… Aunque la huella ecológica de la ciudad no se reduzca significativamente por estas experiencias, sí que son herramientas imprescindibles para generar nuevas inercias culturales, cambios de valores y legitimar nuevas prácticas. Desde esta óptica su principal potencialidad sería el elevado número de gente que entra en contacto y se relaciona con los huertos, más que la cantidad de gente alimentada por estos.

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La agricultura urbana tiene la virtud de incorporar en la ciudad la dimensión de los retos ecológicos de una forma amable, ayudando a cuestionar dicotomías y valoraciones que tenemos muy asentadas en nuestra forma de interpretar la realidad: ciudad-campo, cultura-naturaleza, producción-reproducción… mostrando que los sistemas socioecológicos son complejos y están interrelacionados, y que es preciso abordarlos desde una mirada sistémica.

Huir del mercado y alimentar otros modelos.

En Detroit un grupo de mujeres pertenecientes a la Detroit Black Community Food Security Network (DBCFSN), que trabaja para aumentar la seguridad alimentaria de la comunidad afroamericana, han desarrollado un proyecto de agricultura urbana comunitaria en la granja urbana D-Town. Estas mujeres conciben su trabajo en el huerto como una forma de acción política, de transformación comunitaria, y de lucha por la justicia alimentaria y los derechos ambientales. Como relatan, fue la ausencia de comercios en los que obtener alimentos frescos en su vecindario lo que las impulsó a comenzar con este proyecto, el sentimiento de abandono e impotencia que esto provocaba actuó como detonador para activar su capacidad de ser agentes del cambio, de tomar el control de la situación y cultivar sus propios alimentos. De esta manera ya no les importa si no hay una tienda cercana donde se venda lo necesario a un precio asumible, pues lo pueden cultivar ellas mismas. Esta actividad se convierte en una estrategia de resistencia contra una estructura social y una planificación urbana que promueven un “apartheid alimentario” y perpetúan la injusticia racial, así como contra las corporaciones agroalimentarias que degradan la naturaleza y “colonizan los menús” con alimentos perjudiciales para la salud. Más allá de la cantidad de gente que pueda alimentar, valoran la granja como una demostración activa de que las comunidades afroamericanas pueden tomar el control sobre distintos aspectos de sus vidas diarias. Además en el huerto encuentran un espacio seguro de encuentro, aprendizaje y disfrute para ellas y su comunidad, incluso un espacio terapéutico donde hacer ejercicio, reflexionar, meditar y cultivar como forma de liberarse del estrés (White, 2011).

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Esta experiencia muestra cómo a través de la agricultura urbana se puede explorar la satisfacción de necesidades al margen de relaciones monetizadas, abordando esta tarea desde un sentido de la comunidad y la corresponsabilidad. Enmarcadas en el movimiento de justicia alimentaria, las hortelanas de Detroit rompen con la idea de que la pobreza alimentaria es una situación individual que debe ser resuelta autónomamente, bien por el mercado o recurriendo a la asistencia social; al contrario, la plantean como una consecuencia directa de la organización del sistema socioeconómico, de las condiciones de habitabilidad en los barrios y de las esferas vitales que quedan bajo control del mercado por no haber una intervención de la esfera pública. Así mueven el foco de atención hacia una violencia estructural que denuncian, a la vez que avanzan en la conformación de alternativas.

En nuestro contexto encontramos experiencias muy inspiradoras como la Asamblea de Parados de Caserío de Montijo en la deprimida zona norte de Granada, que se lanzaba en 2012 a ocupar un terreno abandonado junto al rio Beiro y convertirlo en huertos de autoconsumo. La universidad ha colaborado con la construcción de infraestructuras como un vivero y un invernadero, y ha facilitado el análisis de agua y tierras para certificar el cultivo ecológico mediante un sistema participativo de garantía. La producción se comercializa mediante grupos de consumo y en el ecomercado local. Reciben formación de agricultores profesionales de la vega y visitas de curiosos de todas partes, interesados en conocer lo que arrancó como una medida desesperada ante la emergencia alimentaria y evoluciona lentamente hacia un pequeño parque agrario autogestionado con sus huertas, sus plantaciones de frutales y olivos, el diseño de itinerarios peatonales o la custodia ante los vertidos ilegales de basuras.

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Estén o no orientados a comunidades y colectivos en situaciones de vulnerabilidad, y aunque no se autodenominen comunitarios, un rasgo compartido por la gran mayoría de huertos urbanos es su capacidad de crear comunidad, desarrollando lazos de cooperación con el entorno más próximo. Dado que a lo largo de la historia la agricultura urbana se ha orientado de forma mayoritaria a la producción de alimentos para el autoconsumo, quienes cultivan sus verduras y hortalizas lo conciben como una actividad de ocio productivo, a través del cual satisfacen de forma directa y en proximidad las necesidades alimentarias de familias y vecindario. Desde estos huertos se recuperan en la ciudad algunos rasgos emancipadores típicos de la socialidad campesina, como cierto grado de autonomía económica y autosuficiencia alimentaria, cultura agronómica, dinámicas de ayuda mutua, trabajo comunitario en momentos puntuales del año o de forma permanente, intercambios no mercantiles de frutas, verduras y hortalizas o una fuerte apropiación cognitiva del espacio.

Así en los huertos de ocio son habituales las formas de cooperación entre los hortelanos, como realizar ciertas tareas cuando otro no puede hacerlas, regalar semillas… que se expanden fuera del huerto, con el reparto de excedentes a vecinos y amigos (Crouch y Ward 1988). En los huertos comunitarios existe una pluralidad de mecanismos a la hora de repartir las cosechas, desde el reparto sin criterios fijos que confía en la autorregulación comunitaria de algunos huertos de Madrid, la donación voluntaria de porcentaje a servicios sociales para familias empobrecidas como sucede en algunos huertos de Atenas, el reparto de la producción a otras asociaciones o su uso en comedores populares que se integran en un solo proyecto como hacen los huertos urbanos ligados a Los capuchinos en Detroit.

Al no destinarse lo cultivado a propósitos comerciales se acaba promoviendo una suerte de economía del don. No existe una cuantificación de lo aportado por cada persona y lo que recibe, el valor de lo que donan y lo que se llevan, más que un intercambio estaríamos hablando del fomento de relaciones de reciprocidad no mensurables. Siguiendo a Serge Latouche en la contraposición entre la lógica del don y la comercial, vemos que los motivos de la donación no anulan las expectativas precisas, la realización de estas expectativas es incierta, la evaluación cuantitativa es imposible y la relación no se liquida con la producción de la contrapartida (Latouche 2007:55). Asistimos a la construcción de artificios culturales, de normas morales no escritas, que explicarían lo que empuja a una persona a donar, unas motivaciones que tendrían mucho más que ver con el deber, el interés, el miedo, el amor o la piedad, estando todos estos fines entremezclados a menudo (Latouche 2007:56).

Estos casos muestran cómo además de cubrir la necesidad material de alimentación de una comunidad olvidada por el mercado y por las instituciones, los huertos urbanos están satisfaciendo a la vez otras necesidades de tipo inmaterial. En este sentido las iniciativas de agricultura urbana estarían contribuyendo a paliar distintos tipos de pobreza más allá de la económica (Max-Neef, Elizalde y Oppenheim 1986), como son las carencias de participación política, de desarrollo de la creatividad, de conformación de lazos identitarios, de sentido de pertenencia y seguridad, de expresión del afecto, de aprendizaje y ocio al margen del mercado…

El huerto cuida a la gente que cuida el huerto.

Una de las preocupaciones del urbanismo feminista ha sido la necesidad de que la ciudad sea accesible y segura para las mujeres, que puedan atravesar, ocupar y apropiarse de los espacios públicos sin miedo a las agresiones. Diversas experiencias de huertos comunitarios en barrios conflictivos de EEUU han sido impulsadas por asociaciones de mujeres, con el afán de recuperar espacios abandonados que solían ser fuente de problemas de convivencia (droga, peleas, robos, vandalismo…) y construir espacios de socialización a escala barrial. Un ejemplo sería la experiencia del Bronx llamada La Finca del Sur, impulsada por mujeres latinas y afroeamericanas para mejorar la convivencia en el barrio, embellecerlo y promover el autoconsumo de alimentos5.

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Estas mujeres llegaron de forma intuitiva a las mismas conclusiones que un importante corpus de investigaciones en EEUU, que han venido a demostrar que los huertos comunitarios y las zonas verdes de proximidad reducen el crimen y la violencia. Uno de los estudios más relevantes sería el llevado a cabo por el epidemiólogo Charles Brenann junto a la Horticultural Society de Pennsylvania, que en el año 2000 reclamó la gestión al ayuntamiento de 4.400 espacios abandonados de los más de 54.000 censados, en torno a un 8%, para montar zonas verdes y huertos urbanos. En esta investigación se demostró que los crímenes y actos con armas de fuego se había reducido muy significativamente en las zonas próximas a los espacios recuperados. Esto se debía por una parte a que desaparecían los solares abandonados utilizados para esconderse u ocultar armas, y por otra parte a que aumentaba la interacción vecinal, mejoraba la salud comunitaria al reducirse el stress espacial, había un mayor control social al haber más gente paseando por las calles, se incrementaba la sensación de corresponsabilidad y la implicación ciudadana, que se traducía tanto en una implicación directa como en una mayor legitimidad para llamar a la policía cuando había problemas (Garvin, Cannuscio y Branas 2013).

En Reino Unido, un informe del miembro del gobierno metropolitano de Londres Jenny Jones planteaba en 2008 la importancia de incorporar a la estrategia de salud pública y desigualdad del área metropolitana la importancia de la agricultura urbana, reconociendo sus aportes a la regeneración urbana y a la reducción del crimen, así como su valor a la hora de prevenir la delincuencia juvenil (Jones 2008).

Además de recuperar los espacios urbanos para sus habitantes, la agricultura urbana es una actividad versátil, que se ha mostrado muy útil a la hora de intervenir con innumerables colectivos con necesidades especiales o en situaciones de mayor vulnerabilidad. En Los Ángeles se ha desarrollado un proyecto de inserción sociolaboral destinado a jóvenes exconvictas o integrantes de bandas urbanas, a las que además se ofrece apoyo legal y médico. Se trata del Homegirl Café, una empresa social en la que las participantes siguen un itinerario formativo, en el que aprenden a cultivar de forma ecológica, se encargan de la cafetería y el servicio de catering, y dinamizan talleres de nutrición y agricultura urbana dirigidas a colegios y comunidades de barrios de bajos ingresos6. En Victoria, Australia, la universidad de Swinburne desarrolla un programa para apoyar a madres adolescentes en la finalización de los estudios básicos y el acceso al mercado laboral, una parte de este programa es el huerto comunitario en el que aprenden técnicas de cultivo, preparación de suelos, riego, diseño del huerto, nutrición y cocina7.

Cambiamos navajas por azadas.

Barrio de la Fuensanta, Córdoba, fuera del casco histórico en una zona económicamente deprimida hay un huerto comunitario coordinado por Paco, experto en jardinería y horticultura, y que en su juventud fue un chaval difícil de la época de los quinquis. Este hortelano utiliza el huerto como fórmula capaz de ofrecer otros valores ante la vida a la chavalada del barrio en riesgo de exclusión social. Un pequeño oasis que trata de incitarles a conocer otras formas de relacionarse, impulsar otra escala de valores y hacerles ver que hay una vida más allá de las fronteras del barrio tal y como lo han conocido. Paco afirma que lo que hacen es cambiar navajas por azadas.

Uno de los trucos pedagógicos empleados por Paco sería decirle a los chavales que las plantas son suyas pero los frutos son del barrio y deben compartirlos. Una vez se acercó una vecina con apuros económicos severos y pidió que le dieran verduras para tirar una semana, Paco dijo que había que consultar a los chavales que eran los dueños de la plantas. Y estos decidieron que si, entonces Paco les pidió que cogieran una caja con cosecha para darle a esta mujer. Al rato había siete cajitas con comida y Paco les preguntó si no había demasiado, y los chavales le comentan que si no sabe contar que una semana tiene siete días, entonces siete cajas. El huerto estimula la generosidad de quienes no tienen nada, enseña el valor de la solidaridad y de la interdependencia en barrios donde estas cosas no parecen posibles a priori. El valor de las pequeñas cosas que cambian el mundo en la medida en que cambian la vida de unas cuantas personas.

En nuestra geografía vemos como se están impulsando huertos urbanos para garantizar el acceso a alimentos de población en situaciones de vulnerabilidad y como mecanismo de inclusión social y laboral, impulsados por entidades asistenciales como Caritas (Almería, Vitoria-Gasteiz, Alicante, Castellón…) o Cruz Roja (Granada, Navarra, Zafra, Colmenar Viejo…). Desde el barrio de Buenos Aires en Salamanca han desarrollado un proceso que integra la reivindicación de los derechos sociales (alimentación, salud, educación…) con la puesta en marcha de iniciativas de economía solidaria con gente sin papeles o que sale de la cárcel, huyendo de la estigmatización de la pobreza se negaron a colaborar con los bancos de alimentos y el reparto de bolsas de comida, así que les quedaba una única alternativa: la producción. Desde hace 5 años trabajan la tierra en terrenos baldíos que les han sido cedidos, produciendo alimentos para ellos, para grupos de consumo así como para empresas de catering asociadas.

Las iniciativas de hortoterapia mostrarían literalmente como los huertos cuidan a sus cuidadores, mostrando sus beneficiosos efectos sobre la salud. En Madrid encontramos como desde el departamento de salud comunitaria de Madrid Salud se han impulsado una serie de huertos ligados a los centros municipales de salud que son unas interesantes experiencias mixtas de huertos vecinales y terapéuticos (para personas con adicciones o problemas mentales…). En Vitoria la asociación alavesa de autismo Arazoak trabaja desde los huertos urbanos de Olarizu en el desarrollo de habilidades sociales y orientadas a la inserción laboral.

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El huerto se convierte así en referencia de un espacio seguro en el que volver a encontrar un lugar en el mundo y desarrollarse personalmente. Para ampliar esta potencialidad de la agricultura urbana es necesario pensarla desde las necesidades y capacidades de toda una pluralidad de personas que de manera diversa puede involucrarse en los proyectos, aportar sus conocimientos y habilidades y desarrollar sus capacidades en ellos: desde huertos de proximidad a los que llegar fácilmente a pie o en bicicleta; a huertos escolares en los que conjugar diversión, aprendizaje y autonomía; huertos accesibles y adaptados a diversidades funcionales; huertos orientados a la inserción laboral o la atención especializada… La pluralidad de tipologías de huertos urbanos, de grupos que los promueven (comunidades educativas, asociaciones vecinales, colectivos juveniles, grupos ecologistas, de personas con  diversidad  funcional…),  y de motivaciones por las que la gente se acerca a participar en ellos (inquietudes ambientales o sociopolíticas, ganas de conocer gente, de recuperar espacios degradados, de aprender horticultura, emprendimientos sociales…), hacen  que  uno de los rasgos  característicos de la agricultura urbana sea la hortodiversidad (Fernández Casadevante y Morán 2012). Cada huerto urbano viene a ser un reflejo de la comunidad humana que lo impulsa y cuida, lo que implica que puedan ser radicalmente diferentes, centrados en cumplir funciones sociales y ambientales concretas. Sin embargo en todos ellos el cuidado de la vida se experimenta como una responsabilidad colectiva, que requiere un compromiso activo, y en el que diversas personas con trayectorias, habilidades y conocimientos distintos son necesarias.

Cultivar relaciones igualitarias.

Otro aspecto fundamental que debemos considerar sería la participación en igualdad de condiciones dentro de las iniciativas, tratando que no se reproduzcan relaciones patriarcales y que se puedan corregir estas actitudes cuando aparecen. En una serie de entrevistas que realizamos recientemente a participantes en huertos comunitarios de Madrid, abordamos el tema de las relaciones de género dentro del huerto, con la intención de identificar cómo se realiza el reparto de tareas, de responsabilidades y roles, y cuál es la percepción de las mujeres involucradas en estas iniciativas.

Las pautas de relación igualitarias se aprenden y se cultivan en los huertos comunitarios, con mayor facilidad en la medida en que haya más mujeres, más gente joven, o se enfatice la dimensión convivencial y de interacción barrial frente a atributos centrados en la productividad, que serían más típicamente masculinos.

“La agricultura es un terreno históricamente machista pero la agricultura urbana no lo es, por el tipo de personas que lo hacen. Hay una diferencia grande. Es urbano, es comunitario y eso marca unas pautas diferentes de la agricultura tradicional donde se reproducen más esos roles de género”.

“Exagerando afirmo que el perfil ideal para hacer un huerto urbano serían mujeres que reconozcan saber poco de horticultura porque en nuestro caso que era lo contrario, ha sido muy difícil ponerse en procesos de democracia participativa. Cuesta mucho con gente mayor, que cree saber, no tienen esa cintura. Los procesos participativos son muy complicados, y más complejos cuanto más crean saber los integrantes y más mayores sean. Así que por silogismo diría cuanto más joven es la gente, más reconozca que no sabe e incluso más mujeres haya, más fácil es que haya un proceso educativo. Todo esto exagerando un poco”.

Algunas de estas iniciativas generan una visión coincidente entre sus participantes de que el huerto es el espacio más igualitario en el que han participado, apuntando motivos como la composición de los grupos promotores, el hecho de estar sacando adelante un trabajo, que requiere tareas concretas y constantes frente a otras formas de participación política en las que prima más la palabra y la imagen personal, como la discusión en una asamblea. No hay tanta necesidad de destacar y se diluye la voluntad de imponerse por encima de otra persona.

“Todos somos machistas por nuestra socialización, pero este es el espacio donde menos noto diferencias de género, incluso menos que en una asamblea del centro social”.

Las mujeres en los huertos demuestran su capacidad de poder hacer cualquier tarea relacionada con el huerto o con la construcción del mismo, desde cavar a picar, utilizar la radial o construir mobiliario, estando más dispuestas a romper con los roles de género. A la vez que los hombres se implican en tareas tradicionalmente asociadas a las mujeres como recoger semillas, plantar flores y velar por la estética del lugar. Sin idealismos y asumiendo que estos espacios cambian tanto a la ciudad como a las personas que los habitan, tal vez sea que la tierra abuena a la gente, como decía una hortelana de la ciudad argentina de Rosario.

4. Conclusiones para nuevos comienzos o como el fruto son las semillas.

“No juzgues el día por la cosecha que has recogido, sino por las semillas que has plantado.” R Louis Stevenson.

La agricultura urbana ofrecería al ecofeminsimo un espacio donde poner en práctica una ética del cuidado expandida, que liga de forma inseparable la necesidad de producir subjetividades transformadoras mientras se producen alimentos de forma sostenible, procurando el bienestar de todas las personas implicadas en el proyecto e incidiendo socioambientalmente sobre el entorno cercano. En este artículo, más que ofrecer conclusiones, apuntamos una interesante agenda de investigación en la que seguir profundizando, a partir de una serie de cuestiones clave sintetizadas en la tabla 1, en las que se concentra la potencialidad de la agricultura urbana como instrumento para visibilizar y experimentar la interdependencia y la ecodependencia.

Apuntes ecofeminsitas desde la agricultura urbana.

Visibilizar la interdependencia

Visibilizar la ecodependencia

Buen vivir – “vida que merezca la pena ser vivida”

Buen gobierno del territorio

Reproducción social y satisfacción de necesidades fuera del mercado

Reproducción de los ecosistemas naturales, especialmente urbanos y periurbanos

Corresponsabilidad en el cuidado de cuerpos vulnerables: inclusión social, hortoterapia, edad…

Corresponsabilidad en el cuidado del territorio vulnerable

Conciencia de género y recreación de vínculos comunitarios

Conciencia de lugar y recreación de vínculos territoriales

Espacios urbanos seguros y habitables

Espacios urbanos sostenibles e integrados en el metabolismo territorial

Diversidad y atención a las singularidades

Hortodiversidad

Visibilidad y puesta en valor de tareas domésticas (compra, cocinado…)

Visibilizad y puesta en valor de tareas de producción de alimentos

Cuidadanía

Ciudadanía ecológica

Proximidad como valor: organización del espacio y el tiempo

Proximidad como valor: cierre de ciclos como el agua, residuos,

Tabla 1: Elaboración propia.

En una sociedad donde el bienestar se identifica con la autosuficiencia a través del consumo en el mercado, y en el que el objetivo de la economía es la acumulación de capital mediante la explotación de personas y de ecosistemas, la idea de buen vivir plantea la necesidad de orientar los procesos económicos hacia el fin de sostener la vida, es decir de asegurar la satisfacción de las necesidades humanas materiales e inmateriales que posibilitan vidas que merecen la pena ser vividas (Pérez Orozco 2014). Del mismo modo el buen gobierno del territorio (Magnaghi 2011) supone repensar para qué y cómo organizamos, gestionamos e intervenimos en los territorios que habitamos, si el fin es mantener una dinámica urbanizadora y extractivista destinada al beneficio de unos pocos, o si el territorio debe entenderse como un recurso para el bien común y por tanto el principal objetivo será mantener y regenerar los procesos ecológicos que hacen posible la vida. La agricultura urbana se muestra como espacio de encuentro y práctica de estos dos conceptos en el sentido en que tiene la capacidad de sustraer del mercado la satisfacción de diversas necesidades, de involucrar a quienes participan en ellos en la gestión directa de una pequeña parte del espacio que habitan, y de desarrollar alternativas a pequeña escala para repensar nuestra relación con el territorio.

En un mundo crecientemente urbano tanto en términos culturales como físicos, el suelo no urbanizado no es simplemente un vacío que podemos ocupar, es un recurso finito y altamente presionado que da soporte a procesos ecológicos (regulación del ciclo del agua, de los nutrientes o del carbono, mantenimiento de biodiversidad…). Por este motivo es necesario “la restitución al territorio de su misma dimensión como sujeto vivo de alta complejidad” (Magnaghi 2011: 97), reconstruyendo los sistemas contaminados, degradados y fragmentados, y generar las condiciones para que dichos procesos se produzcan, tanto fuera como dentro de la ciudad. La agricultura urbana es una actividad imprescindible en la tarea de introducir naturaleza en la ciudad, ocupando y recuperando espacios diversos que cumplirán funciones diversas, desde pequeños solares en centros urbanos densos, hasta grandes superficies en los bordes de la ciudad y en los primeros anillos periurbanos.

La agricultura urbana ofrece un campo para que arraiguen nociones como la ciudadanía ecológica y la nueva cultura del territorio, definiéndola como un producto histórico de los procesos de coevolución de larga duración entre asentamientos humanos, naturaleza y cultura. “Lo que importa es que exista un proyecto colectivo enraizado en un territorio como lugar de vida en común y por lo tanto un lugar que debe de preservarse y cuidarse para el bien de todos. La dimensión ya no es un problema topográfico sino social. Se trata del espacio del reconocimiento de la identidad y de la capacidad de acción coordinada y solidaria” (Latouche 2009). Una dinámica que debe ir de la mano de propuestas como la Cuidadanía que permite entender los trabajos de cuidados más allá de las prácticas que generan una vida sostenible. Reconocer que “la vida vivible está por construir en la interacción con otros, que la vida se dirime en la vida misma y que no puede procurarse fuera de la vida (en los mercados)” (Precarias a la Deriva 2006:125). La Cuidadanía implica un derecho a cuidar, a no cuidar por obligación y ser cuidada/o, sin que esto signifique subordinación para las mujeres. “La cuidadanía no puede excluir, porque toda persona ha de ser, o poder ser, parte de una red amplia y horizontal de cuidados; o de múltiples redes colectivas y autogestionadas. La cuidadanía es universal” (Junco, Pérez Orozco y del Río 2004).

Parafraseando un dicho zapatista, la agricultura urbana sería la llave para una puerta que todavía no existe. Prácticas que anticipan y ensayan nuevas formas de relación entre las personas y de estas con su entorno. Brújulas para orientar una transformación del sistema agroalimentario y reorganizar las ciudades en clave de sostenibilidad y justicia social, semillas que llevan en su interior las potencialidades de otros mundos posibles y cuya victoria solo depende del paso del tiempo y de su caída en tierra fértil. Pongámonos manos a la azada.

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1 Un modelo basado en la producción intensificada a través de los abonos de síntesis derivados del petróleo y de una alta mecanización, que llegan a demandar diez calorías de combustible por cada caloría de alimento producida, así como en la producción de monocultivos orientados a la exportación, que provocan desplazamientos diarios de alimentos de miles de kilómetros.

2 Los acaparamientos de tierras fértiles de África, Asia y América Latina por parte de las grandes corporaciones, pueden interpretarse como la vanguardia de una serie de acciones de los países enriquecidos y de las economías emergentes para seguir manteniendo sus tasas de sobreconsumo de recursos naturales, ya sea para asegurar su acceso a alimentos o para aumentar su seguridad energética a través de los agrocombustibles. Estas grandísimas inversiones económicas a largo plazo se están acometiendo para protegerse de las previsibles turbulencias del sistema alimentario sin plantearse ningún cambio de la lógica que mueve este modelo. Diversos informes cifran en 227 millones de hectáreas los acaparamientos producidos entre 2000 y 2011, la superficie de Estado Español unas cuatro veces y media (Franco y Borras 2013).

3 Planteada como aporte de Vía Campesina como aporte a la Cumbre de alimentación de la FAO en 1996 y enriquecida posteriormente: El derecho de las personas, los países y las uniones de estados a definir sus políticas agrícolas y alimentarias sin transferir materias primas agrícolas a países extranjeros. La soberanía alimentaria organiza la producción y el consumo de alimentos en función de las necesidades de las comunidades locales, dando prioridad a la producción para el consumo local. La soberanía alimentaria engloba el derecho a proteger y regular la producción agrícola y ganadera nacional y a proteger el mercado doméstico de entradas de excedentes agrícolas e importaciones de bajo coste de otros países. Las personas sin tierra, los campesinos y los pequeños agricultores deben tener acceso a la tierra, al agua y a las semillas, así como a los recursos productivos y a los servicios públicos. La soberanía y la sostenibilidad alimentarias son una alta prioridad más que las políticas comerciales.

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