De bombillas e iniciativas legislativas populares sobre vivienda.

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El dibujo de una bombilla suele simbolizar la ocurrencia de una brillante idea en los cómics. No sé si es porque la creatividad se ha asociado históricamente a la capacidad para iluminar, o si se trata de una herencia mítico-religiosa, donde la luz es la encargada de vencer las tinieblas. Por desgracia, estos últimos años se ha añadido un nuevo significado al simbolismo de las bombillas: denunciar la pobreza energética.

Hace unos días leía el relato de Georges Perec de un bloque de viviendas en el París de los años setenta, donde cuatro viviendas tenían un baño compartido. El propietario no quería pagar la luz del baño y ninguno de los inquilinos estaba dispuesto a financiar la luz de los otros tres, así como tampoco aceptaban la idea de un contador único y dividir posteriormente de forma equitativa la factura. Finalmente la solución fue iluminar el baño con cuatro bombillas distintas, instalando para cada una un sistema eléctrico propio que se accionaba desde cada una de las cuatro viviendas.

Esas bombillas evidencian la complejidad de gestionar recursos comunes; el peso de una socialización individualista; la posibilidad de evitar el tener que interactuar, deliberar y acordar con otras personas; así como la invisibilidad de la crisis ecológica que siempre queda fuera de los simplistas cálculos de costes y beneficios. Richard Sennet ha analizado en su libro Juntos. Rituales, placeres y políticas de cooperación cómo las últimas décadas de neoliberalismo han erosionado la capacidad humana para cooperar. El fomento del individualismo, la competitividad, la desigualdad, la pérdida de empatía y la fragilidad de los vínculos sociales, producen un sustrato cultural en el que la cooperación tiene dificultades para arraigar.

Las amebas viven de forma unicelular mientras la situación se lo permite, si el entorno se vuelve hostil son capaces de agruparse y dar vida a un ser pluricelular especializado, mucho más complejo y eficiente en sus consumos. Nuestro relato sobre las bombillas nos habla desde lo que podemos llamar tiempos de relativa abundancia, lo que nos lleva a preguntarnos si el desenlace hubiera sido distinto en un contexto de mayores dificultades y adversidades. No lo podemos saber, pero tras un lustro de crisis económica sí que podemos extraer algunas enseñanzas.

La primera, que la crisis y sus dramas asociados han desvelado el perverso funcionamiento del modelo socioeconómico, especialmente del sistema financiero (preferentes, cláusulas suelo, estafa hipotecaria y endeudamiento familiar, tarjetas black…) y del oligopolio eléctrico (subidas de precios, cortes de suministros, reparto escandaloso de beneficios, puertas giratorias, bloqueo de las renovables…), así como la complicidad de los organismos reguladores y la clase política.

La segunda es que tras la forzada involución social han surgido mecanismos de autodefensa (PAH, Mareas, plataformas, despensas comunitarias, huertos urbanos…), anticuerpos solidarios que simultáneamente están ayudando a satisfacer necesidades básicas y a recuperar los maltrechos lazos sociales.

Luchas como la emprendida por la PAH se han sostenido en la idea de que no hay soluciones biográficas a problemas estructurales. Nadie se salva solo, todos somos interdependientes. La PAH ha combinado desobediencia civil, mediación jurídica, formación, dinámicas de cuidado, apoyo mutuo y solidaridad, movilizaciones e iniciativas institucionales frustradas como la ILP a nivel estatal. Tras haber sido el conflicto más simbólico del ciclo de movilización post 15M, la problemática de los desahucios y la vivienda ha perdido presencia en los medios de comunicación y en la esfera pública; toca reintroducirlo en la agenda política.

En estas fechas en Madrid se pone en marcha nivel regional la Iniciativa Legislativa Popular sobre Vivienda, una innovadora propuesta de legislación integral sobre la vivienda, que es el fruto de más de un año de trabajo entre diversas entidades y que apuesta por: paralizar los desalojos forzosos sin alternativa habitacional; establecer un proceso de acceso a la vivienda general y de emergencia; medidas para prevenir el uso antisocial de las viviendas; la protección al consumidor en materia de vivienda y la garantía mínima de suministros. Una apuesta por no salvarnos solos, acompañar la protesta de la propuesta, pasar de la resistencia a la conquista de nuevos derechos.

Y el ecologismo se ha comprometido con este proceso por principios de justicia social, pero además porque cualquier transición urbana hacia la sostenibilidad implica redefinir este problema. Hacer de las políticas de vivienda un elemento redistribuidor y que frene la especulación, optimice el uso de la vivienda construida e impida nuevos desarrollos. La ecología urbana de la vivienda se disputa entre edificar o rehabilitar, entre la destrucción creativa o la reparación de la ciudad consolidada, entre grandes operaciones o procesos de acupuntura urbana, entre alimentar periódicas burbujas inmobiliarias o facilitar el despegue de un nuevo modelo productivo.

Una ley de vivienda como la impulsada por la ILP es la mejor aliada para un renovado sector de la edificación, donde confluyan la mejora de la habitabilidad, la creación de empleos verdes, la eficiencia energética y la descarbonización. Acabar con la cultura del ladrillazo es un paso imprescindible para facilitar el despliegue de otras lógicas económicas; no olvidar a los grupos sociales más vulnerables en este proceso permite traducir el ecologismo a un lenguaje comprensible por las mayorías sociales.

Necesitamos bombillas, innovación e imaginación política para asociar problemas sociales y ambientales, presentando soluciones que sean lo más sistémicas posibles. Igual que la ILP madrileña, que además de garantizar el derecho a la vivienda supone una herramienta privilegiada para combatir la pobreza energética. Disponemos de otras iniciativas inspiradoras, como la puesta en marcha en California de una legislación mediante la cual las empresas contaminantes están pagando impuestos cuya recaudación se destina a la compra de paneles solares para los hogares más pobres. La expansión de la energía renovable se orienta a combatir la pobreza energética y su implementación la desarrollan empresas sociales. En nuestra geografía vemos cómo la economía solidaría en el sector energético es una realidad en alza, cooperativas de producción y comercialización de energías renovables que con la crisis y las subidas de precios se están convirtiendo en una alternativa para cada vez más gente.

Hace unas semanas se viralizó por internet un video de una bandada de patos en Hungría, que hacían turnos nadando en las frías aguas de un lago para impedir que se helara. Su supervivencia dependía de su conocimiento ecológico y de su capacidad para cooperar. En estos turbulentos tiempos nuestro destino parece ser similar aunque cueste percibirlo. La ecología social está emplazada a solucionar problemas cotidianos a la vez que orientamos la sociedad hacia horizontes alternativos. Paso corto y mirada larga.

 

Artículo publicado en EL DIARIO.

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