Un mundo nuevo en el corazón de las ciudades. Iniciativas comunitarias que anticipan nuevas formas de habitar lo urbano.

Ruina-Demasiado-corazón

Profundas movilizaciones sociales manifestaron el descontento y la indignación de la ciudadanía ante un escenario marcado por una aguda crisis socioeconómica. Las acampadas del 15M anticiparon nuevas formas de concebir el espacio público que desbordaron las plazas y calles, resignificando viejas prácticas e impulsando otras nuevas. Durante los últimos años han germinado iniciativas que simultáneamente satisfacen necesidades de los grupos sociales más vulnerables y esbozan nuevos modelos de pensar y habitar la ciudad: centros sociales autogestionados, PAH, despensas comunitarias, huertos urbanos, grupos de acompañamiento sanitario a personas migrantes…

El futuro es una infinita sucesión de presentes, y vivir ahora como pensamos que los seres humanos deben vivir, desafiando el mal que nos rodea, es en sí una maravillosa victoria. H Zinn.

Plantearse el problema de una nueva sociedad equivale a plantearse el problema de una creación cultural extraordinaria. La pregunta que yo os hago es si tenemos ante nosotros algún signo precursor y premonitorio de esa creación cultural. C Castoriadis.

1 EL 15M, las plazas y el urbanismo de la austeridad.

El derrumbe financiero iniciado en 2008 ha supuesto el final del espejismo de un modelo de crecimiento económico progresivamente desvinculado de la satisfacción de las necesidades sociales, que en el Estado español se ha particularizado por un modelo de ordenación del territorio subordinado a la especulación y a la acumulación de riqueza. Las ciudades han concentrado los dramáticos impactos socioeconómicos (endeudamiento familiar, desahucios, elevadas tasas de desempleo, pobreza energética, deterioro y privatización de servicios públicos…), dando lugar a una pérdida de cohesión social agudizada por las políticas del urbanismo de la austeridad: la falta de inversión pública y la responsabilización de las comunidades locales en el mantenimiento de sus barrios frente a la responsabilidad del gobierno local, la mercantilización del espacio, equipamientos y servicios públicos, la gentrificación de los barrios populares, el abandono de las periferias y la entrega a los grandes inversores económicos del protagonismo a la hora de definir las estrategias de transformación de la ciudad.

La palabra crisis etimológicamente nos remite a la medicina griega, y hace referencia al decisivo momento en el que un enfermo salvaba la vida o moría. El ideograma chino para crisis se realiza pintando dos caracteres, amenaza y oportunidad. Metáforas de cómo las macropolíticas puestas en marcha durante estos largos años de crisis han terminado por generar sus propios anticuerpos y provocar el despliegue de múltiples proyectos alternativos. La narrativa oficial de la crisis comienza a ser cuestionada en la esfera pública de la mano del 15M, inaugurando el ciclo de acción colectiva más intenso de nuestra historia reciente. Una protesta cuya radicalidad ha consistido en resignificar la noción de democracia, autoconvocando a la sociedad para reinventar lo común, reconocerse en el espacio público, recuperar la sociabilidad perdida y desobedecer el mandato de disolverse en la resignación individualista.

La imagen icónica de estas revueltas serían las acampadas en la Puerta del Sol y Plaza Catalunya, pues entre las tiendas de campaña y bajo los toldos de lona se configuraron microciudades a escala en el corazón de la gran ciudad, una suerte de anteproyectos de otras ciudades posibles. Como si de un relato de Italo Calvino se tratara, frágiles arquitecturas colectivas se levantaron con materiales reciclados, dando lugar a un improvisado urbanismo de la amabilidad y el cuidado, reservando espacios para zonas infantiles, bibliotecas, ordenadores, comedores, placas solares y huertos. Estas acampadas y asambleas en las que convivieron miles de personas, más que nuevas organizaciones políticas, generaron nuevas formas de relación y una nueva atmósfera más proclive al cambio social.

Las acampadas fueron una metáfora de otra forma de concebir y habitar la ciudad que se desplegaría por todo el territorio, resignificando viejas prácticas e impulsando otras nuevas. Entre las diversas y heterogéneas dinámicas que fueron surgiendo nos vamos a centrar en aquellas que han supuesto mecanismos de autodefensa social, que simultáneamente están ayudando a satisfacer necesidades básicas y recuperar los maltrechos lazos sociales de los entornos urbanos.

Luchas contra los desahucios y por la recuperación de viviendas llevadas a cabo por la PAH, despensas comunitarias para familias en situación de vulnerabilidad, redes de solidaridad vecinal contra la exclusión sanitaria de las personas inmigrantes, recuperación de edificios para construir centros sociales o solares donde cultivar huertos comunitarios. Un diverso ecosistema de iniciativas impulsadas por entidades vecinales, asambleas barriales, plataformas ciudadanas o partidos políticos como Izquierda Unida, promotor de la Red de Solidaridad Popular que tiene mucha presencia en ciudades medianas y pequeñas. Respuestas que han sido activamente ignoradas e infravaloradas desde las grandes instituciones, pero que desde la penumbra están construyendo cimientos y raíces para modelos de ciudad alternativos.

2 Un archipiélago de resistencias urbanas.

Los esclavos fugados en Brasil fundaban ciudades en medio de la selva conocidas como quilombos, en nuestras junglas de asfalto también existe un amplio abanico de espacios orientados simultáneamente a resistir la opresión desde la cotidianeidad y a apuntar nuevas formas de construir la ciudad. Alternativas que satisfacen necesidades para colectivos sociales en situaciones de emergencia y prácticas que esbozan nuevos modelos de sociedad.

Iniciativas capaces de construir situaciones que transformen a través de la experiencia la vida de las personas y que simultáneamente promuevan cambios radicales a pequeña escala. Igual que las utopías reales investigadas en medio mundo por Erik Olin Wright1, donde lo pragmáticamente posible no es independiente de nuestra imaginación, sino que, al contrario, toma forma a partir de nuestras visiones sobre la realidad y nuestras formas de habitarla de forma diferente.

Centros sociales: recuperar espacios para la convivencia, la organización y la solidaridad.

El movimiento okupa lleva décadas apropiándose de edificios abandonados y reconvirtiéndolos en espacios culturales y de socialización alternativos. Los centros sociales han sido acumuladores y cajas de resonancia de las distintas protestas juveniles, dinamos con capacidad de provocar sinergias entre distintos colectivos e iniciativas. Las subculturas juveniles ligadas a estos espacios han ido viviendo un progresivo proceso de apertura e inclusión, que les ha llevado durante los últimos años a romper determinadas lógicas de autorreferencialidad.

El 15M ha supuesto tanto el refuerzo para muchos de estos proyectos preexistentes, como el impulso para una nueva oleada de ocupaciones de edificios destinados a construir centros sociales. Lugares donde continuar los encuentros que se habían producido en las plazas, espacios encargados de acoger la multitud de proyectos que una ciudadanía recién activada tenía ganas de desarrollar. Son estos unos centros sociales más plurales e inclusivos, apegados a problemáticas locales y heterogéneas redes asociativas, que han sido capaces de construir amplios consensos y fuertes apoyos ciudadanos, gracias a los cuales han logrado su continuidad o han forzado procesos de regularización.

Entre las decenas de nuevas ocupaciones surgidas tras el 15M y de procesos preexistentes que se han visto fortalecidos de forma significativa podríamos destacar algunas. En Madrid la cesión de una planta de un centro cultural municipal al Centro Social Seco tras 22 años de historia, la ocupación de un antiguo mercado en San Blas que desemboca en la rehabilitación y cesión del espacio al movimiento vecinal constituyéndose el Espacio Vecinal Montamarta, la ocupación del EKO en Carabanchel o la continuidad de espacios como el Patio Maravillas. En Barcelona destacan la presión vecinal que logra la cesión de las naves industriales de Can Batlló en el barrio de Sants para un centro social y otros equipamientos autogestionados (biblioteca, escuela, parque, huerto, vivero de cooperativas…) o especialmente el episodio de lucha vecinal que logra paralizar el intento de desalojo Can Vies y promueve la reconstrucción colectiva del espacio. En Sevilla se consolida y fortalece el apoyo a la Casa del Pumarejo que lleva años combinando la lucha por la conservación del patrimonio histórico de esta antigua casa palacio con la puesta en marcha de un activo centro social. En Córdoba asistimos a la ocupación de un antiguo colegio da lugar al centro social Rey Heredia, que con un amplio apoyo vecinal han desarrollado actividades socioculturales y disponen de un comedor popular donde diariamente comían más de 80 personas, hasta que les cortaron el agua. Han resistido la ofensiva municipal, se ha paralizado su desalojo en los juzgados y están a punto de lograr una cesión de uso. La ocupación de otro instituto abandonado en Zaragoza ha permitido constituir el Centro Sociocultural Luis Buñuel que con unas dinámicas similares tambien anda reivindicando la cesión municipal del espacio…

Lugares que se han integrado en la vida de los barrios y de la ciudad, sirviendo como espacios de organización para las dinámicas comunitarias y de solidaridad activa con las personas más golpeadas por la crisis. Medios de comunicación, locales de reunión para afectados por desahucios, despensas comunitarias, iniciativas de economía solidaria, comedores populares, grupos de apoyo al estudio o de trabajo con jóvenes, proyectos culturales… Los centros sociales han pasado de ser refugio para subculturas resistentes a residencia permanente de una creativa ciudadanía autoorganizada.

Lucha contra los desahucios: ni casas sin gente, ni gentes sin casa.

Uno de los principales dramas que ha traído esta crisis sería la pérdida de su vivienda habitual para decenas de miles de personas, víctimas de una despiadada legislación hipotecaria. La estafa inmobiliaria ha desatado uno de los movimientos más novedosos e interesantes de las últimas décadas, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca – PAH. La PAH sería un espacio de encuentro para la solidaridad activa y el protagonismo de las personas afectadas, que con el apoyo del 15M, las entidades sociales y vecinales, ha movilizado a la sociedad para tratar de impedir los desahucios.

La PAH combina desobediencia civil, mediación jurídica, formación, dinámicas de cuidado y apoyo mutuo, movilizaciones, iniciativas legislativas populares… un conjunto de prácticas que han permitido convencer a la opinión pública y mantener la lucha por el derecho a la vivienda en la agenda política. Además de evitar 1.663 desahucios, en muchas ciudades se ha procedido a organizar la ocupación por parte de las familias desahuciadas de edificios vacíos en manos de los bancos. La llamada Obra Social de la PAH es una herramienta de presión que permite satisfacer necesidades de alojamiento inmediatas, a la vez que ofrecer un lugar desde el que reclamar y negociar con los bancos la concesión de alquileres sociales. Durante estos años 2.500 personas han sido realojadas en este tipo de inmuebles que se reparten por toda nuestra geografía2.

La PAH ha generado un amplísimo consenso social en torno a sus demandas y movilizaciones, siendo uno de los principales motores de la movilización social durante estos años. La lucha cotidiana contra la emergencia habitacional ha mostrado que las prioridades de las leyes del suelo, la regulación del mercado inmobiliario y de las políticas de vivienda nunca fueron garantizar el alojamiento de la población.

Despensas comunitarias: alimentar la solidaridad.

Ante el proceso de empobrecimiento que se ha vivido en nuestras ciudades se han generalizado muchos mecanismos de solidaridad vecinal orientados a conseguir que la gente cubra necesidades básicas. Trueques y donativos de material escolar, colectas de juguetes para los reyes magos durante la Navidad, roperos solidarios… y de forma más continuada las despensas comunitarias.

La gestión política de la crisis ha privatizado e invisibilizado los riesgos y dramas que se están produciendo en los hogares, frente a lo que centenares de iniciativas por toda nuestra geografía se han encargado de ir organizando todo este malestar y todas estas necesidades en el espacio público. Movimientos vecinales y entidades como la Red de Solidaridad Popular llevan años apoyando procesos comunitarios por los que las familias afectadas se organizan para recoger alimentos semanal o quincenalmente en supermercados o comercios, transportarlos y repartirlos. En algunos casos más consistentes se está colaborando con redes de comercios locales y mercados de abastos que participan con el suministro de alimentos frescos.

En la Comunidad de Madrid se estima que de las 106.000 personas que dependen de los bancos de alimentos para alimentarse, en torno a 4.000 de ellas lo hacen en estas despensas comunitarias, como muestra la Carta contra el hambre3. En Barcelona se ha publicado un interesante informe titulado Queremos el pan entero4, presupongo que porque ha pasado el tiempo de conformarse con las migajas, donde se presenta un mapeo de iniciativas sociales, además de las despensas comunitarias, donde se trabaja la pobreza desde la óptica de la soberanía alimentaria: recuperación de los excedentes de comedores escolares para familias con problemas, un comedor social aprovisionado por un proyecto de huertos sociales en Mollet del Vallés, un restaurante donde clientes convencionales pagan sus menús pero donde personas con dificultades trabajan un día a la semana y comen gratis toda la semana…

Proyectos autoorganizados que implican a las personas afectadas como fórmula para huir del asistencialismo: quien no colabora no recibe. Dinámicas que requieren de mucha constancia y empatía para vencer las dificultades que tiene el trabajo con colectivos sociales en situación de vulnerabilidad. Nueva y vieja pobreza combatidas desde una solidaridad de proximidad, cara a cara, capaz de romper el estigma y la culpabilización mediante la activación de redes sociales formales (asociaciones, comercios locales, plataformas…) e informales (vecinales, amistad…).

Cuidar de los habitantes invisibles: Yo sí, sanidad universal.

La reforma sanitaria impulsada por el gobierno en 2012 niega la tarjeta sanitaria a las personas inmigrantes en situación irregular, por lo que quedan excluidas del sistema público de salud. Yo sí, sanidad universal es una red que nace como respuesta de profesionales y personas solidarias para denunciar las consecuencias de esta ley y especialmente para sostener la campaña de desobediencia civil de profesionales y usuarias para mantener la atención sanitaria universal.

Además de la red de profesionales que se niega a cumplir la ley y sigue atendiendo a los colectivos afectados, es destacable la fórmula de los grupos de acompañamiento, que son colectivos de personas con y sin tarjeta sanitaria que se acompañan a los centros sanitarios de los distintos barrios para intentar garantizar la asistencia a todo el mundo, informar a los profesionales y servir de enlace entre diferentes niveles de atención. Existen 47 grupos en todo el Estado español, más de la mitad se encuentran en la Comunidad de Madrid, una de las más beligerantes a la hora de hacer cumplir esta excluyente ley.

Acompañar al médico a personas desconocidas, aguantar las colas de espera en urgencias, conseguir que les receten los medicamentos, volver a una revisión… es una de las movilizaciones de solidaridad más ejemplares que se están dando en nuestros barrios y ciudades. Relaciones sociales que nos devuelven el optimismo, la fe en la gente y su capacidad para enfrentar las injusticias con empatía y corrección, es decir, con urbanidad.

Huertos urbanos: alimentando otros modelos.

Aunque había experiencias aisladas desde mediados de los años ochenta, el verdadero arraigo de la agricultura urbana se ha dado en los últimos años, adquiriendo especial presencia en la esfera pública y en la agenda política tras el 15M. El auge de la agricultura en nuestras ciudades es un símbolo incuestionable del cambio de ciclo económico, además de ser una de las muchas formas en las que se está expresando la efervescencia social de los movimientos de protesta y las iniciativas de autoorganización ciudadana. Las cifras son contundentes y muestran cómo la agricultura urbana está dejando de ser algo testimonial, entre 2006 y 2014 el número de ciudades o municipios que disponía de huertos urbanos ha pasado de 14 a 210, y las zonas de huertos han ascendido de 21 a 400 durante el mismo periodo5.

La principal innovación serían los huertos comunitarios que han surgido en las grandes ciudades. Iniciativas nacidas de la recuperación por parte de la ciudadanía y los movimientos sociales urbanos de solares abandonados o zonas verdes infrautilizadas, que se transforman en espacios públicos destinados a la agricultura y la jardinería. Una herramienta de apoyo comunitario que relaciona la calidad ambiental, el embellecimiento urbano, la cohesión social y la educación. Las comunidades locales que dinamizan huertos comunitarios se organizan para regenerar a pequeña escala espacios urbanos degradados, conjugando una modesta reconstrucción del lugar, que enfatiza el valor de uso del espacio urbano, con una rehabilitación relacional que busca reestablecer la calidad de los espacios mediante la intensificación de las relaciones sociales (celebrando fiestas populares, comidas, iniciativas culturales o poniendo en marcha redes informales de apoyo mutuo).

Los huertos comunitarios se han ido organizando en diversas ciudades mediante la puesta en marcha de redes locales que sirven para coordinar iniciativas (actividades formativas, acciones de denuncia, compras colectivas, intercambio de recursos y experiencias…), dotándoles de una visibilidad conjunta y facilitando la mediación con las instituciones locales. Madrid con más de 40 huertos, Valladolid, Málaga, Alicante… Estas redes de huertos urbanos son más relevantes por la cantidad de gente que ponen en contacto con la agricultura y sus problemáticas (funcionamiento sistema alimentario, dependencia y vulnerabilidad del abastecimiento urbano a medio plazo, transgénicos…), que por su capacidad actual para dar de comer.

También conviene destacar cómo en muchas ciudades medianas y pequeñas la puesta en marcha de huertos sociales (parcelas individuales para personas o familias), destinados a familias en paro, ofreciéndoles una forma de ahorrar recursos económicos mediante el complemento de la cesta familiar a través de la autoproducción de verduras, han sido fruto de la movilización social. Ente estas encontramos las ocupaciones de asambleas de parados en el área metropolitana de Granada o Barcelona (Arbucies, Vilafranca…) o los huertos solidarios ligados a despensas comunitarias, como algunos de los huertos montados por la RSP (Valencia, Paterna, San Pedro de Alcántara, Ecija, Alcalá de Henares…). Incluso se ve cómo ante la agudización de la crisis se están desarrollado huertos urbanos por entidades asistenciales como Caritas (Almería, Vitoria-Gasteiz, Alicante, Castellón, Montblanc…) o Cruz Roja (Granada, Navarra, Zafra, Colmenar Viejo…) para garantizar a la población en situaciones de vulnerabilidad el acceso a alimentos y como mecanismo de inclusión social y laboral.

Partiendo del impulso dado por los movimientos sociales para situar este tema en la esfera pública, asistimos recientemente al arranque de una nueva generación de políticas urbanas que han comenzado a innovar en la relación entre agricultura y ciudad: procesos de regularización de huertos comunitarios, aumento de los huertos escolares y de ocio, gestión participativa de vacíos urbanos, parques agrarios periurbanos, diseño de estrategias alimentarias locales…

3 Heliopolitas, la ciudad del sol y las potencialidades del urbanismo cooperativo.

En el año 133 AC un grupo de esclavos se levantaron contra Roma bajo el nombre de heliopolitas, ciudadanos de Helio, que era el dios de la justicia, del Sol que brilla para todos por igual, el libertador de los esclavos en los ritos Griegos6. Una revuelta que se enfrentó con éxito a las legiones romanas, provocando una oleada de rebeliones en el Mediterráneo. Siglos después una de las primeras utopías modernas, escrita por el clérigo Campanella, se denominará Ciudad del Sol. Un modelo urbano inspirado en el sistema heliocéntrico de Copérnico que servía de contexto para un proyecto de sociedad protocomunista ideal, basada en la educación y la igualdad como pilares.

La rebeldía ciudadana de aquellos heliopolitas y los experimentalismos utópicos, de Campanella y tantos otros, encuentran sus resonancias en la microciudad construida durante la acampada del 15M en la Puerta del Sol. Metáforas solares para una insurrección cívica que ha dado lugar a una constelación de iniciativas comunitarias que han vivido en la penumbra de las ciudades neoliberales. Ha llegado el momento de iluminar y poner en valor estas prácticas capaces de tejer la solidaridad, construir convivencialidad y anticipar elementos que deben formar parte estratégica de cualquier proyecto de futuro para la ciudad.

Decía Hannah Arendt que la ciudad es una memoria organizada, ahora que las candidaturas ciudadanas han ganado alcaldías o se han convertido en fuerzas relevantes en muchos ayuntamientos, entre sus muchas tareas estará no dejar caer en el olvido estos proyectos, pensando que son cosas del pasado o anomalías ligadas a una coyuntura excepcional. La memoria solo es útil si nos aleja de la nostalgia y nos proyecta hacia el futuro, el municipalismo debe buscar la forma en que desde el plano institucional y las políticas públicas se puedan prolongar, relanzar y fortalecer todas estas innovaciones sociales.

Esto que hace unos años parecía política ficción puede convertirse en una realidad, es hora de poner en marcha la política fricción: el encuentro entre las lógicas institucionales y las de los movimientos sociales. Si muchas de estas iniciativas han sido capaces de consolidarse enfrentándose a leyes y normativas, a obstáculos e inercias institucionales, ¿de qué serán capaces con un mayor apoyo y reconocimiento?, ¿qué potencialidades y recursos se han estado desperdiciando todo este tiempo?

Todas estas prácticas prefiguran un urbanismo cooperativo, muy intensivo en protagonismo ciudadano, capaz de desplegar otras formas de entender lo público y de gestionar lo común. Una manera de hacer ciudad que promueva la corresponsabilidad y la participación de las comunidades locales, que fomente el manejo de una pluralidad de saberes técnicos y profanos, que asuma la diversidad de actores y la necesidad de gestionar los conflictos de intereses de la forma más creativa posible.

En estos días, en el marco de una amplia plataforma vecinal madrileña que lucha por la cesión de un antiguo mercado de frutas y verduras para construir un centro social autogestionado7, se inventaba la inspiradora idea de la compliciudad. La necesidad de recuperar la confianza entre las personas de un barrio para poner en marcha proyectos comunes, y de recomponer la complicidad entre esta ciudadanía organizada y las instituciones locales para garantizar su viabilidad. Hacer compliciudad supone un ejercicio de imaginación política, de apostar por reconocer y maximizar la creatividad y la inteligencia colectiva presente en nuestras ciudades a la hora de poner en marcha iniciativas comunitarias o políticas urbanas.

El urbanismo cooperativo es un proyecto antagónico al urbanismo de la austeridad, pues estas iniciativas colaborativas se orientan a que la calidad de vida urbana se plantee en términos de interdependencia entre las personas y de ecodependencia con la naturaleza (recursos, agua, energía, aire, alimentos…). Una apuesta por cambiar lo urbano desde lo humano, de promover urbanidad sin urbanizar y por restar poder e influencia a los mercados mediante la desmercantilización de fragmentos del espacio urbano.

Este artículo ha sido publicado en la Revista PAPELES el enlace al texto original se encuentra AQUÍ

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