No hay centro para tanta periferia

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En las calurosas noches de verano es cuando muchos barrios populares celebran sus fiestas, donde se entremezclan el encuentro vecinal, la diversión y cierto aroma reivindicativo. No hay centro para tanta periferia fue el sugerente lema escogido para las que se celebraban en el madrileño barrio de San Blas. Una frase que tiene una doble lectura. Por un lado muestra la tan humana tendencia de pensar que el centro del mundo se encuentra en el lugar que habitamos, asumiendo que nuestras identidades y formas de percibir la realidad se encuentran condicionadas por este hecho; lo que el pedagogo brasileño Paulo Freire expresaba de una forma más bella cuando decía que donde los pies pisan la cabeza piensa. Por otro lado reivindicar la periferia es además un grito de queja ante la evidencia de que las desigualdades socioeconómicas y los imaginarios urbanos, estigmatizantes o elogiosos, se traducen en el espacio urbano de una forma en la que unos barrios siempre ganan y otros siempre pierden.

Resulta llamativa la rebelión electoral que estas periferias han protagonizado en las pasadas elecciones locales, donde se han movilizado de forma determinante para lograr el cambio en las ciudades donde las plurales candidaturas municipalistas han conformado gobiernos. Los figurantes han ocupado el escenario de la política institucional empujados por la mano invisible, no aquella que defiende las leyes de la oferta y la demanda sino la que introduce en las urnas los votos de las mayorías sociales invisibilizadas. Un cambio inexplicable sin el cuestionamiento de la narrativa oficial de la crisis en la esfera pública llevada a cabo por el 15M, que ha inaugurado el ciclo de acción colectiva más intenso de nuestra historia reciente. Una protesta cuya radicalidad ha consistido en resignificar la noción de democracia, autoconvocando a la sociedad a reconocerse en el espacio público y a recuperar un protagonismo ciudadano que cuestione la desigualdad social creciente. Estos éxitos, inexplicables sin la audacia política de Podemos que ha sido capaz de dislocar el mapa político, se han basado en saber traducir en una apuesta institucional las demandas de democracia (transparencia, participación, regeneración, lucha contra corrupción…) y justicia social (defender políticas redistributivas, enfatizar la importancia de los servicios públicos, la protección social de los grupos más vulnerables, cuestionar el lucro como principio rector de la economía…).

Igual que hay una periferia urbana y territorial, existe un proceso por el cual determinados discursos y relatos devienen centrales y otros periféricos. Las teorías y prácticas del ecologismo social actualmente se situarían en esas periferias discursivas y simbólicas que no caben bien dentro del círculo que se dibuja para explicar la realidad, forman parte del marco pero nunca se incorporan al núcleo de las discusiones. Pablo Iglesias afirmaba que ganar en la política hegemónica es básicamente convencer del propio relato. La lucha por ocupar la centralidad del tablero es, precisamente, la lucha por determinar dónde se halla la centralidad del tablero. La palabra centro proviene de la palabra griega aguijón, punta del compás en la que se apoya el trazado de una circunferencia. El centro no es tanto un lugar sino un espacio de disputa por ver donde se pincha el compás que trazará el perímetro de lo discutible.

El ecologismo plantea una ruptura radical que pone fin al autoengaño de que capitalismo y sostenibilidad son compatibles, al hablar de los límites biofísicos (cambio climático, crisis energética, pérdida de biodiversidad, contaminación, fertilidad del suelo, acceso al agua…) y enfatizar la necesidad de profundos cambios en nuestros estilos de vida: decrecer en el consumo de recursos y energía, fortalecer los vínculos sociales y territoriales, incorporar la cooperación como base de la búsqueda del interés personal y el bienestar, asumir la relación entre nuestros actos cotidianos y las consecuencias socioambientales que se derivan de los mismos…

Conviene recordar que en geometría la periferia de un círculo es el límite que delimita su figura, por lo que al demandar la presencia de límites ambientales, la periferia se convierte paradójicamente en la centralidad del ecologismo. Un discurso que resulta incomodo para los cálculos en términos de táctica y estrategia electoral, por lo que suele terminar arrinconado y subordinado a otras prioridades. Y sin embargo, a pesar de la tendencia ecologista al gesto torcido y el resentimiento por tener que hacer constantemente de Pepitos Grillos, hay una enorme alegría ante el escenario institucional que se ha abierto en muchas ciudades y regiones, marcado por una mayor sensibilidad y predisposición a la escucha.

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Democracia y justicia social han sido las llaves del cambio, los ejes que actualmente preocupan a la opinión pública y movilizan a la sociedad, la centralidad del tablero emplaza al ecologismo a traducir sus demandas y su visión de la realidad en esos términos para ser exitoso. Más allá de demandar una mayor atención y relevancia política, el reto es hablar de otra manera, mover el compás y lograr una nueva centralidad ambiental adaptando nuestras reflexiones y propuestas en esos términos.

Una de esos puentes discursivos podría ser el ecologismo de los pobres que muestra como muchas luchas populares (sindicales, urbanísticas, privatizaciones…) pueden ofrecer narrativas profundamente ecológicas pero no son definidas por sus protagonistas en esos términos. Explicitar esas dimensiones ambientales ocultas y acompañar estos conflictos sería una forma de reducir las distancias y erosionar prejuicios, como en el proyecto de Greenpeace para combatir la pobreza energética mediante el autoconsumo de energía solar en hogares golpeados por la crisis en algunas islas de Grecia.

Un marco explicativo útil para el ecologismo social es la teoría del donut de la economista Kate Raworth que nos habla de la necesidad de definir un suelo de necesidades básicas que deben ser satisfechas universalmente y por debajo del cual no es posible una vida digna (ingresos, educación, sanidad, alimentación, energía, igualdad género…); y de reconocer la existencia de un techo marcado por los límites ambientales que no podemos superar si queremos construir sistemas socioeconómicos perdurables (acidificación de océanos, clima, usos del suelo, agua…). El espacio seguro y justo para la humanidad se situaría entre esos umbrales, pues cualquier apuesta por la democracia y la igualdad o sobre un nuevo contrato social debe habitar entre el suelo social (mucho consenso) y el techo ambiental (escaso consenso).

La urgencia del rescate ciudadano y las luchas contra la desigualdad enfatizan nuestra interdependencia y sentido de la solidaridad, no hay salida individual ante contradicciones sistémicas. Sin asumir lo social no hay ecología posible. La forma en que solucionamos nuestros problemas y nos procuramos bienestar social no puede ser a costa de terceros, ni de quebrar las bases materiales para su satisfacción futura. Sin asumir nuestra ecodependencia no hay forma de sostener el bienestar social en el futuro.

No se improvisa un cambio de modelo productivo y de estilos de vida, pero las medidas de urgencia deberían servir para apuntar hacia esas transiciones socioecológicas, resolver problemas de forma que simultáneamente hagan pedagogía. Ha llegado el momento de experimentar: ¿La apertura de comedores escolares sociales para familias necesitadas podría servir para apoyar movimientos agroecológicos (agricultura de proximidad y ecológica) o debemos consolarnos con que se encarguen las grandes empresas de catering?. ¿Podemos pensar planes de empleo que prioricen sectores verdes y lógicas vinculadas a la economía solidaria?. ¿La contratación pública puede incorporar criterios sociales y de sostenibilidad o seguimos apostando al presupuesto más barato?. ¿La pobreza energética o el acceso al agua pueden plantearse en términos de democratización en la gestión de recursos escasos y estratégicos de forma que su acceso sea equitativo?

La enorme alegría por haber roto el techo de cristal que tenían los movimientos sociales para construir mayorías va acompañada de la responsabilidad de instaurar ese techo ambiental que nuestras propuestas y proyectos deben contemplar. Los principios éticos deben articularse de forma pragmática, realista y en procesos de medio plazo, pero sin renunciar a mirar el abismo que tenemos ante los pies. Igual que nadie echa de menos a una persona que no conoce, la importancia del medio ambiente no se percibe si no conecta con la vida cotidiana de la gente. Conseguir que la ecología deje de ser periférica pasa por convertirla en un sinónimo de democratizar y hacer justicia social.

Texto publicado en eldiario.es

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