Oasis donde cultivar vida en tiempos de guerra: las bombas sobre los huertos de Sana en Yemen.

a7949843-d30d-4d32-925f-079b6245b0d1-2060x736“Estad preparados para ser bombardeados. Estad preparados para volver a la Edad de Piedra” amenazaba un secretario de defensa de EEUU a Pakistan,  al comienzo de la ofensiva antiterrorista que siguió al atentado de las Torres Gemelas. Hoy vemos como el esfuerzo bélico va logrando que la profecía se cumpla, Oriente Medio se convierte en un campo de batalla que se nos hace crecientemente incomprensible, donde  combaten fundamentalismos religiosos y de mercado, donde chocan los intereses geoestratégicos con la vida cotidiana de sociedades civiles condenada a enfrentarse a  múltiples y contradictorias dinámicas de opresión. Conflictos que no entendemos, que no podemos resumir en términos de buenos y malos, pero que van erosionando nuestra humanidad…

Hace tiempo que asistimos a la locura de un Estado Islámico, simbolizada en la destrucción del patrimonio cultural milenario como símbolo del deseo de invisibilización y olvido de las culturas e identidades colectivas que no encajan en su ortopédica visión de la realidad. Pero la destrucción de los paisajes y edificios, del patrimonio natural y construido, y por tanto la destrucción de los medios de vida, y de la misma memoria de las comunidades, no es exclusiva de uno de los actores. Nos hemos animado a escribir estas líneas cuando hace unas semanas un bombardeo aliado amparado por Naciones Unidas destruía el huerto llamado Miqshamat al Qasimi, en el centro histórico de Sana, capital de Yemen, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

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La guerra es sinónimo de muerte, de pérdida de vidas y de destrucción. Guerras distantes como la de Yemen difícilmente ganan un hueco en los telediarios, pero ocasionalmente y por motivos azarosos terminan interpelándonos de la forma más insospechada. Lo más probable es que nunca viajemos a Sana, pero la destrucción de este huerto y el inmediato esfuerzo de la comunidad local por reconstruirlo, nos han llevado a preocuparnos por lo que allí sucede, por describir su historia, por reconocer la belleza de su arquitectura y por empatizar con su sociedad civil.

Sana, una de las ciudades habitadas más antiguas, pues su origen se remonta al siglo VI a.C., fue descrita por el escritor italiano Alberto Moravia como la Venecia de polvo, una bella ciudad milenaria de adobe que se erige en medio del desierto, y que detrás de los muros y fachadas que delimitan sus calles, esconde los jardines que suponen cerca del 13% del espacio intramuros de la ciudad, aunque el incremento de población en las últimas décadas y la consiguiente presión sobre las aguas subterráneas están provocando la desaparición de muchos de ellos .

El huerto llamado de Miqshama al-Qasimi se conformó en el centro amurallado de Sana hace más de 500 años, y como muchos de los jardines de la ciudad se trata de un paisaje simbiótico donde se enlazan física y funcionalmente los bellos espacios de oración, los baños públicos y los huertos construidos como un oasis comestible. Porque los huertos, que se han mantenido en activo produciendo verduras y hortalizas durante generaciones, son en realidad el patio compartido de cuatro mezquitas, regado con el agua de los hammanes a los que acuden los fieles antes de orar.

7d45da25-7c58-4c27-b959-3aa554be0aae-2060x1379 Entre el estruendo causado por la gente, los camellos y los coches que dan el punto de modernidad a este histórico barrio, los huertos son un remanso de paz, uno de esos jardines escondidos donde en medio de la calma que proporciona su paisaje se afanan unos hortelanos que siguen cultivando el terreno ajenos al paso de los tiempos. El agua para regar sigue proviniendo de los acuíferos y de los hammanes, y la materia que fertiliza el suelo siguen siendo los excrementos humanos recogidos en los baños públicos y el estiercol de los animales. Un bello ejemplo de lógica pragmática y de sentido ecológico, que a la vez contiene una fuerte carga simbólica. La limpieza del cuerpo y la renovación espiritual que proporcionan baños y mezquita generan unos residuos que a su vez son renovados y purificados por la acción de la naturaleza, el agua que arrastra la suciedad de los cuerpos y los desechos humanos son aprovechados como recurso esencial para mantener cerrado el ciclo de la vida. Así el huerto en sí mismo es un espacio de renacimiento cíclico y constante, donde se dan la mano la magia de la naturaleza y la intervención humana.

Estos huertos siguen comercializando productos frescos en las propias parcelas a los habitantes de la ciudad. Además los hortelanos mantienen viva la tradición de regalar a las mezquitas las plantas medicinales que cultivan para que la gente las coja gratis a cambio de rezar por la salud de quienes las siembran.

La historia de este espacio se encuentra muy bien recogida en este artículo que es de los que más nos ha ayudado a excavar en la memoria de la ciudad y de sus huertos y edificios históricos bombardeados.

En nuestro libro hemos estudiado el auge de los huertos urbanos durante los conflictos bélicos (guerras mudiales y guerra civil española), y cómo estos espacios dieron de comer, pero además fueron fragmentos de orden cuando todo se encontraba patas arriba, remansos de paz y tranquilidad donde se cuidaba lo frágil en tiempos de dureza, rincones verdes que crecían gracias a la luz en tiempos oscuros, proyectos de futuro en un presente perpetuo. Hoy el coraje de los hortelanos de Sana nos vuelve a recordar el acto de rebeldía que tiene cultivar vida en medio de las guerras.

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