Ayuda mutua, anticipación y crisis por venir

Artículo publicado en EL DIARIO

La incapacidad para recordar información tras una experiencia traumática se denomina amnesia disociativa. Resulta frecuente que suceda para facilitar el olvido de sucesos especialmente negativos. Lo llamativo de nuestra sociedad es que también tiene tendencia a sepultar aquellos episodios que deberían ser fuente de orgullo, inspiración y esperanza para cambiar las cosas. Las urgencias, lo coyuntural y la tiranía de la actualidad dificultan la elaboración de una memoria significativa de acontecimientos, como pudo ser el surgimiento de las redes vecinales de ayuda mutua durante la pandemia.

La ayuda mutua fue teorizada por el geógrafo anarquista ruso Kropotkin, que asumiendo los postulados de Darwin denunció el biologicismo simplista impulsado por muchos de sus seguidores, que restringían la lucha por la vida a la competencia y la pervivencia de los más fuertes o mejor adaptados. Una visión ante la cual desarrolló la noción del apoyo mutuo, que reconocía en la sociabilidad una ley de la naturaleza del mismo rango que la competencia. La cooperación, la interdependencia y el cuidado serían el principal factor de la evolución en la naturaleza y por extensión de los sistemas sociales.

La figura de Kropotkin ha sido injustamente menospreciada por la historiografía y la sociología, suele desconocerse que fue el autor más influyente en nuestra geografía a principios del siglo XX y que La conquista del pan fue el libro de ensayo más editado en la España de la época. Tal vez sea solo otro olvido.

Ante la aguda y acelerada crisis social derivada de la pandemia, la ayuda mutua emergió como la fórmula que servía para nombrar y explicar la oleada de iniciativas solidarias que tomaron cuerpo en barrios y pueblos. Centenares de redes vecinales se volcaron en organizar despensas comunitarias, donar o prestar dispositivos tecnológicos para atender a las clases on-line de los colegios, montar roperos solidarios, evitar el aislamiento, apoyar emocionalmente a personas afectadas por la soledad no deseada, pasear mascotas, apoyar en trámites administrativos, asesorar legalmente, orientar laboralmente o denunciar incumplimientos en materia de derechos sociales.

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¿A setas o a Rolex? un dilema ecosocial

Artículo publicado en EL DIARIO

Durante los últimos años, de forma tímida, se ha ido avanzando en la construcción de una nueva sensibilidad hacia la naturaleza. Esta contempla desde un mayor cuidado de los animales, al descubrimiento de fenómenos como la inteligencia vegetal divulgada por investigadores como Stefano Mancuso. Aunque quizás lo más novedoso esté siendo la reciente aproximación hacia el mundo de los hongos y las setas, reconociendo su importancia en el funcionamiento de la trama que sostiene lo vivo.

Un auge al que sin duda han contribuido libros como La red oculta de la vida de Sheldrake Merlin , editado por Planeta, que nos muestra cómo los hongos permiten al 90% de las plantas nutrirse del suelo y protegerse. Además esta relación simbiótica explica la forma en que se conectan las raíces de plantas y árboles, dando pie al complejo funcionamiento de los bosques y sus mecanismos de solidaridad subterránea.

Los hongos son seres mucho más sofisticados de lo que pensábamos. Uno de los mayores y más complejos organismos del mundo, pueden vivir miles de años y llegar a medir varios kilómetros cuadrados. Vemos la seta pero nos resulta imperceptible el enorme micelio que de forma invisible la hace crecer. Hay hongos que sobreviven en el reactor de Chernobil usando la radioactividad como fuente de energía, otros sirven para descomponer sustancias contaminantes mediante la micorremediación, y otros más conforman el 15% de las vacunas o son clave en la producción de alimentos como el pan, la cerveza o el vino.

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Ecotopias

En diez minutos trato de sintetizar la importancia de democratizar la construcción de escenarios de futuro esperanzadores, combinando el realismo ecológico, la imaginación colectiva y las metodologías participativas. Sin autoengaños, pero convencido de su importancia a la hora de movilizar la rabia y el deseo necesarios para encarar estos tiempos inciertos y convulsos.

Insomnio individual y sueños colectivos

Artículo publicado en EL DIARIO.

Hace tiempo me llamó la atención que desde hace años la Organización Mundial de la Salud (OMS) considerase que los trastornos y la pérdida del sueño son una epidemia de salud pública. Un mal que afecta especialmente a las sociedades hiperdesarrolladas, donde el 40% de la población duerme mal. La luz artificial, la regulación de la temperatura, la cafeína y el alcohol, o los horarios laborales serían las principales causas; a las que en los últimos tiempos se añaden situaciones como la ansiedad o la depresión derivadas de la creciente precariedad.

Así que me pudo la curiosidad y me propuse profundizar en la importancia biológica que tiene el sueño y cómo nos afecta su ausencia. Acudí al libro ¿Por qué dormimos? de Matthew Walker, uno de los científicos del sueño más reputados, que editó hace un tiempo Capitán Swing. Resumiendo mucho, podríamos afirmar que no dormir lo suficiente implica un deterioro de las funciones cognitivas.

La memoria y el aprendizaje se ven afectadas pues durante el sueño se procede a destilar los recuerdos, pasando estos de la memoria a corto a la de largo plazo, de forma que se protegen aquellos que pueden ser útiles o significativos para que estén disponibles. Así que una falta de sueño implica dificultades para generar nuevos aprendizajes y facilidad para olvidar antes la nueva información.

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Las ciudades frente a la crisis ecológica

Un informe de Ecologistas en Acción elaborado por Nerea Morán. El documento muestra las potencialidades de los procesos de renaturalización para reverdecer y ecologizar nuestras ciudades. Además el informe recoge una amlia serie de exitosas experiencias: agricultura urbana, azoteas verdes, alcorques y jardinería vecinal, bosques urbanos, renaturalización de ríos…

La renaturalización urbana desde una óptica ecosocial se propone como una estrategia para incrementar la resiliencia de las ciudades cumpliendo múltiples funciones sociales y ambientales, dentro de un modelo decrecentista, que permita transitar hacia nuevos sistemas de funcionamiento integrados en la naturaleza.

El informe puede descargarse: AQUÍ

El desfibrilador y la huelga climática

Artículo publicado en EL DIARIO

Un desfibrilador analiza automáticamente el ritmo de una persona que está sufriendo un paro cardíaco, de forma que cuando es necesario libera una descarga eléctrica sobre el corazón para restablecer su ritmo normal. Estos aparatos suelen usarse cuando se han agotado otras opciones y se trata de una cuestión de vida o muerte.

Ante las recurrentes catástrofes (incendios, inundaciones, olas de calor, colapso de ecosistemas como el Mar Menor…) y los síntomas de agotamiento (Pico del Petróleo, escasez de materiales estratégicos, fallo en cadenas globales de suministro…) se empieza a percibir de forma intuitiva una aceleración de la crisis ecológica. A esta sensación le acompaña una constatada evidencia científica, que podríamos encontrar en las filtraciones de los borradores de diversos grupos de trabajo del IPCC o la editorial conjunta de más de 230 revistas médicas que piden tomar medidas de emergencia para transformar las sociedades y limitar el calentamiento global, restaurar la biodiversidad y proteger la salud.

Nos encontramos ante una evidente disyuntiva de vida o muerte ¿Usamos el desfibrilador?

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Terranautas, BIOS2 y nuestra incapacidad para imitar la naturaleza

Artículo publicado en CTXT

En septiembre de 1991, en medio de una nube de cámaras de televisión y un enjambre de periodistas que dotaban al evento de una cobertura mundial, un grupo de cuatro hombres y cuatro mujeres se encerraban para pasar dos años autoconfinados en el ecosistema cerrado artificial más grande jamás construido. Una vez se cerraron las puertas, tenían el objetivo de ser autosuficientes y responsabilizarse de reproducir las condiciones que hacían posible su subsistencia.

El experimento BIOS2 había desarrollado una biosfera artificial en unas instalaciones ubicadas en el desierto de Arizona. En un espacio interior aislado se había reproducido la atmósfera, y diversos ecosistemas con plantas y animales. Una selección de algunos de los biomas más significativos de la tierra (desierto, playa, arrecife de corales, bosque tropical, zonas de cultivo…) permitirían ensayar la desconexión de esta burbuja del planeta tierra, BIOS1.

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Olas de calor e infraestructura social

Artículo publicado en EL DIARIO

Desde hace días una inédita ola de calor ha azotado Canadá y el norte de EEUU, una subida de temperaturas que ha llegado a 47,9º, batiendo todos los récords históricos previos. Más de un centenar de muertes, e imágenes del agotamiento de los stocks de ventiladores y aires acondicionados, o de las habitaciones de hotel con aire acondicionado multiplicando por cuatro su precio. No hay salidas individuales para quienes no sean privilegiados económicos. Frente a esto emerge lo colectivo, con los locales climatizados como polideportivos, centros de convenciones, bibliotecas e incluso centros comerciales, que se han convertido en refugios capaces de acoger a una población exhausta. Además, las clases escolares se han suspendido y asistimos al deterioro de infraestructuras como carreteras y aceras, que se están quebrando, o cables de instalaciones eléctricas que se están derritiendo. Un escenario dramático que parece sacado de otra distopía climática.

En julio de 1995, otra ola de calor tropical golpeó Chicago provocando la muerte de más de 700 personas. Cuando se analizaron las muertes, parecían correlacionarse con la segregación y la desigualdad, pues ocho de las diez áreas urbanas con las tasas de mortalidad más altas eran en gran parte afroamericanas y tenían altos niveles de pobreza y delincuencia. Sin embargo, como explica Eric Klinenberg, otros elementos de las estadísticas no resultaron tan predecibles. Tres de los diez vecindarios con las tasas de mortalidad más bajas también eran pobres, violentos y predominantemente afroamericanos, mientras que otro era pobre, violento y predominantemente latino. ¿Cómo estas zona vulnerables eran más resilientes que muchas de las áreas más prósperas de la ciudad?

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Falta de tiempo, tiranía de la inmediatez y prospectiva

Artículo publicado en EL DIARIO

Cada vez vivimos más tiempo y a la vez disfrutamos de menos tiempo disponible. Un ritmo acelerado, la precariedad y las jornadas laborales maratonianas hacen que nuestro día a día vivamos la sensación de que el tiempo se nos escurre entre los dedos. El arte de la improvisación se impone sobre la voluntad de planificar. La incapacidad de proyectarnos hacia el futuro ahonda en la sensación de pérdida de control sobre nuestras vidas. Lo que está por venir es tan incierto que da miedo y nos genera ansiedad, resulta difícil concebir un mañana que transmita esperanza y alimente la osadía política.

El auge del speed yoga o la speed meditation simbolizarían esta sensación de vorágine temporal, ante la cual proliferan las falsas soluciones individualizadas como las apps para optimizar la organización de agendas o los cursos de coaching en gestión del tiempo; cuando lo que tocaría sería explorar respuestas colectivas, forjando densas redes de apoyo mutuo. En este contexto, solamente la cooperación es capaz de devolvernos algo del tiempo sustraído por el mercado.

Las redes familiares y de amistad basadas en la reciprocidad, los grupos de crianza compartida, las cooperativas de cuidados o los bancos de tiempo, funcionan bajo el imperativo de interactuar, socializar, deliberar y acordar con otras personas. En esta coyuntura, un manejo más pausado del tiempo se convierte en un privilegio individual o en una estrategia colectiva. Disyuntiva ante la cual resultan urgentes medidas políticas como la reducción de jornada de trabajo sin reducción salarial. Redistribuir el tiempo de vida disponible a la vez que se redistribuye el empleo es lo que nos plantea el debate de las 32 horas.

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¿ Y si ha llegado el momento de hacer el indio?

Artículo publicado en EL DIARIO

Me encanta la ambigüedad de la expresión «hacer el indio», pues en ella conviven la crítica y el desprecio con la admiración por la libertad y la irreverencia. Verse asociado a lo indígena implica una crítica abierta o un elogio encubierto, todo depende del contexto, el tono y la intencionalidad de nuestro interlocutor. Nuestras sociedades mantienen desde hace siglos esta ambivalente relación con lo indígena. Históricamente desde la cultura dominante se ha reprimido, acallado y maltratado, mientras que desde las subculturas se ha idealizado y convertido en una referencia ineludible para movilizar imaginarios transformadores.

El nacimiento de la utopía moderna, de la mano de la obra homónima de Tomas Moro, resulta inexplicable sin el impacto que supuso conocer las fórmulas comunitarias de organización indígena, sus cosmovisiones y su relación con la naturaleza, o su abierto desprecio por las relaciones de mercado. La ficción literaria que invitaba a construir un nuevo mundo se encuentra estrechamente influenciada por este acontecimiento, de la misma manera que la novela influenció singulares experimentos utópicos en la América colonizada, como los pueblos-hospitales que Vasco de Quiroga construyó junto a comunidades indígenas a principios del siglo XVI.

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