Terranautas, BIOS2 y nuestra incapacidad para imitar la naturaleza

Artículo publicado en CTXT

En septiembre de 1991, en medio de una nube de cámaras de televisión y un enjambre de periodistas que dotaban al evento de una cobertura mundial, un grupo de cuatro hombres y cuatro mujeres se encerraban para pasar dos años autoconfinados en el ecosistema cerrado artificial más grande jamás construido. Una vez se cerraron las puertas, tenían el objetivo de ser autosuficientes y responsabilizarse de reproducir las condiciones que hacían posible su subsistencia.

El experimento BIOS2 había desarrollado una biosfera artificial en unas instalaciones ubicadas en el desierto de Arizona. En un espacio interior aislado se había reproducido la atmósfera, y diversos ecosistemas con plantas y animales. Una selección de algunos de los biomas más significativos de la tierra (desierto, playa, arrecife de corales, bosque tropical, zonas de cultivo…) permitirían ensayar la desconexión de esta burbuja del planeta tierra, BIOS1.

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Olas de calor e infraestructura social

Artículo publicado en EL DIARIO

Desde hace días una inédita ola de calor ha azotado Canadá y el norte de EEUU, una subida de temperaturas que ha llegado a 47,9º, batiendo todos los récords históricos previos. Más de un centenar de muertes, e imágenes del agotamiento de los stocks de ventiladores y aires acondicionados, o de las habitaciones de hotel con aire acondicionado multiplicando por cuatro su precio. No hay salidas individuales para quienes no sean privilegiados económicos. Frente a esto emerge lo colectivo, con los locales climatizados como polideportivos, centros de convenciones, bibliotecas e incluso centros comerciales, que se han convertido en refugios capaces de acoger a una población exhausta. Además, las clases escolares se han suspendido y asistimos al deterioro de infraestructuras como carreteras y aceras, que se están quebrando, o cables de instalaciones eléctricas que se están derritiendo. Un escenario dramático que parece sacado de otra distopía climática.

En julio de 1995, otra ola de calor tropical golpeó Chicago provocando la muerte de más de 700 personas. Cuando se analizaron las muertes, parecían correlacionarse con la segregación y la desigualdad, pues ocho de las diez áreas urbanas con las tasas de mortalidad más altas eran en gran parte afroamericanas y tenían altos niveles de pobreza y delincuencia. Sin embargo, como explica Eric Klinenberg, otros elementos de las estadísticas no resultaron tan predecibles. Tres de los diez vecindarios con las tasas de mortalidad más bajas también eran pobres, violentos y predominantemente afroamericanos, mientras que otro era pobre, violento y predominantemente latino. ¿Cómo estas zona vulnerables eran más resilientes que muchas de las áreas más prósperas de la ciudad?

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Falta de tiempo, tiranía de la inmediatez y prospectiva

Artículo publicado en EL DIARIO

Cada vez vivimos más tiempo y a la vez disfrutamos de menos tiempo disponible. Un ritmo acelerado, la precariedad y las jornadas laborales maratonianas hacen que nuestro día a día vivamos la sensación de que el tiempo se nos escurre entre los dedos. El arte de la improvisación se impone sobre la voluntad de planificar. La incapacidad de proyectarnos hacia el futuro ahonda en la sensación de pérdida de control sobre nuestras vidas. Lo que está por venir es tan incierto que da miedo y nos genera ansiedad, resulta difícil concebir un mañana que transmita esperanza y alimente la osadía política.

El auge del speed yoga o la speed meditation simbolizarían esta sensación de vorágine temporal, ante la cual proliferan las falsas soluciones individualizadas como las apps para optimizar la organización de agendas o los cursos de coaching en gestión del tiempo; cuando lo que tocaría sería explorar respuestas colectivas, forjando densas redes de apoyo mutuo. En este contexto, solamente la cooperación es capaz de devolvernos algo del tiempo sustraído por el mercado.

Las redes familiares y de amistad basadas en la reciprocidad, los grupos de crianza compartida, las cooperativas de cuidados o los bancos de tiempo, funcionan bajo el imperativo de interactuar, socializar, deliberar y acordar con otras personas. En esta coyuntura, un manejo más pausado del tiempo se convierte en un privilegio individual o en una estrategia colectiva. Disyuntiva ante la cual resultan urgentes medidas políticas como la reducción de jornada de trabajo sin reducción salarial. Redistribuir el tiempo de vida disponible a la vez que se redistribuye el empleo es lo que nos plantea el debate de las 32 horas.

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¿ Y si ha llegado el momento de hacer el indio?

Artículo publicado en EL DIARIO

Me encanta la ambigüedad de la expresión “hacer el indio”, pues en ella conviven la crítica y el desprecio con la admiración por la libertad y la irreverencia. Verse asociado a lo indígena implica una crítica abierta o un elogio encubierto, todo depende del contexto, el tono y la intencionalidad de nuestro interlocutor. Nuestras sociedades mantienen desde hace siglos esta ambivalente relación con lo indígena. Históricamente desde la cultura dominante se ha reprimido, acallado y maltratado, mientras que desde las subculturas se ha idealizado y convertido en una referencia ineludible para movilizar imaginarios transformadores.

El nacimiento de la utopía moderna, de la mano de la obra homónima de Tomas Moro, resulta inexplicable sin el impacto que supuso conocer las fórmulas comunitarias de organización indígena, sus cosmovisiones y su relación con la naturaleza, o su abierto desprecio por las relaciones de mercado. La ficción literaria que invitaba a construir un nuevo mundo se encuentra estrechamente influenciada por este acontecimiento, de la misma manera que la novela influenció singulares experimentos utópicos en la América colonizada, como los pueblos-hospitales que Vasco de Quiroga construyó junto a comunidades indígenas a principios del siglo XVI.

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El techo de cristal de los Terranautas: experimentalismo, utopía y espectáculo en Biosfera 2

Hace treinta años un grupo de ocho personas se encerró a vivir de forma autosuficiente durante dos años en BIOS2, una biosfera artificial construida en el desierto de Arizona. Una historia ciencia ficción sin ficción donde se entrecruzan la contracultura, la ciencia, la carrera espacial y el experimentalismo ecológico. Revisitar la aventura de Los Terranautas supone una oportunidad para reflexionar sobre los logros, las enseñanzas y los disparates de este experimento, que fue todo un acontecimiento mediático en su tiempo.

De todo ello hablo en esta ponencia, que comparto junto a Yayo Herrero en el ciclo Ecotopías y nuevas narrativas frente a la crisis socioambiental de La Casa Encendida.

Cultivar la esperanza ante el urbanismo fósil

Artículo publicado en EL DIARIO

Al terminar la Segunda Guerra Mundial hubo centenares de soldados japoneses que tras la rendición oficial siguieron combatiendo en las islas del Pacífico, primero contra las fuerzas aliadas y posteriormente contra la policía local. Mantuvieron las hostilidades durante años, y hasta décadas, a pesar de que se lanzaban octavillas desde aviones o se les mandaban mensajes por megafonía. Al perder la comunicación y no haber recibido una orden directa de sus superiores, no se fiaban de nadie.

Ya fuese por fanatismo o por miedo al deshonor, estos rezagados seguían luchando sin querer asumir o creer que habían perdido la guerra. Muchos se negaban a aceptar un resultado que no era cuestionable u opinable. Siempre que pienso en el urbanismo de Madrid se me vienen estos rezagados a la cabeza, veo a sus principales responsables defendiendo de forma vehemente un modelo de ciudad fracasado. No son los únicos, pero probablemente sean los más aplicados. Publicidad

Un modelo guiado por la promoción de nuevos desarrollos y grandes operaciones, junto al olvido de la ciudad consolidada y la desatención de la escala humana; que mira desde el centro y olvida la periferia, profundizando sus desequilibrios territoriales; que se inspira en la empresarialización y la colaboración con el sector privado a la vez que desprecia la cooperación público-comunitaria y la actividad de los tejidos sociales; que defiende al coche a ultranza y descuida al transporte público, y las infraestructuras ciclistas o peatonales. Un urbanismo insensible y hostil hacia los grupos vulnerables, especialmente hacia una infancia que parece sobrar en el espacio público.

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Video: Un impulso utópico frente a la crisis ecosocial ¿Qué cultura necesita la generación de la emergencia climática?

En noviembre de 2020 se celebraba el XVII Seminario Respuestas desde la Comunicación y la Educación Ambiental al Cambio Climático coordinado desde el Centro Nacional de Educación ambiental CENEAM. Participamos con una ponencia titulada ¿Qué cultura necesita la generación de la emergencia climática? en ella reflexionamos sobre nuestro imaginario se ha ido poblando de imágenes negativas, distópicas y apocalípticas sobre el futuro. Y la importancia estratégica de elaborar relatos e imágenes de futuros alternativos, que alimenten nuestra esperanza y refuercen una determinada voluntad de transformación.

Además recomendar el conjunto de materiales y ponencias del seminario, que puuden encontrarse AQUÍ

Entrevistamos a Carolyn Steel, autora de “Ciudades Hambrientas”

Entrevista publicada en CTXT

Carolyn Steel (Londres, 1959) estudió arquitectura, pero pronto descubrió que su interés  no tenía que ver solo con los edificios, sino más bien “con cómo nos relacionamos con ellos”. Por ello, lleva años investigando la vida interior de las ciudades y tratando de desarrollar un enfoque del diseño urbano que tenga en cuenta las rutinas que dan forma a las urbes y la manera en que las habitamos.

En su búsqueda esta escritora y profesora –ha dirigido estudios de diseño en la London School of Economics, la London Metropolitan University y la Universidad de Cambridge– se preguntó un día cómo sería describir una ciudad desde el prisma de la comida. Y de esa interrogante nació Ciudades Hambrientas. Cómo el alimento moldea nuestras vidas, el libro que acaba de publicar en castellano Capitan Swing. Una obra que ella describe como su gran educación, la que cambió por completo la forma en que veía el mundo, la que le dió una mirada en la que la alimentación es central. “La comida da forma a todo y la manera en que comemos afecta a personas, animales, paisajes y ecosistemas que, a menudo, están a miles de kilómetros de distancia y son invisibles para nosotros”, es uno de sus credos.

Hoy la alimentación forma parte del debate público. La defensa de los espacios agrarios periurbanos, el crecimiento exponencial de la agricultura urbana, la proliferación de cooperativas de consumo agroecológicas, el aumento de los mercados de productores locales, la revalorización de los mercados de abastos y otras formas de expresión de los vínculos entre ciudad y alimentación no son fruto de una moda, sino el síntoma más visible de una disputa cultural, política y urbanística. Hace una década, cuando escribió Ciudades Hambrientas, esto no era así. ¿Qué le llevó a preocuparse por  los vínculos entre urbanismo y alimentación?

Es un poco como si me pidieran que explicara la historia de mi vida, así que aquí va: aproximadamente desde los ocho años quise ser arquitecta. Estudié arquitectura en la Universidad de Cambridge, y casi de inmediato, me di cuenta de que mi interés por la arquitectura no tenía que ver solo con los edificios, sino más bien con cómo nos relacionamos con ellos. Quería saber cómo se habitaban los edificios, cómo las personas vivían y se movían en ellos, cómo y dónde se realizaban actividades cotidianas como trabajar, socializar, comer, lavarse y dormir. Me sentía atraída por la separación entre lo público y lo privado dentro de los edificios y las formas en las que se entrelazaba.

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¿Sueñan las ciudades con huertas eléctricas? Granjas verticales, agricultura urbana y transiciones alimentarias

Artículo publicado en Revista Soberanía Alimentaria

La urbanista Carolyn Steel suele afirmar que, al igual que las personas, las ciudades son lo que comen. La profundidad de esta sencilla afirmación se desarrolla en su libro Ciudades hambrientas. Cómo la alimentación condiciona nuestras vidas (Capitán Swing, 2020), en el que rastrea la historia de las relaciones entre ciudad y alimentación, siguiendo a la comida desde que se produce hasta que llega a la ciudad, se comercializa, se prepara, se consume y deja de considerarse un alimento. De esta forma, se va visibilizando cómo la manera en que nos alimentamos ha condicionado la tipología de las viviendas, la morfología de las ciudades y hasta nuestra forma de habitarlas.

La ciudad es una memoria organizada, afirmaba la filósofa Hannah Arendt y, por tanto, hay que tener la sensibilidad, la paciencia y la capacidad para poder interpretarla. Lo podemos hacer gracias a planos y fotografías históricas, cuadros y novelas; al mismo soporte construido, con el trazado de las calles, la estructura de los espacios verdes o el origen del patrimonio edificado; y también gracias a elementos inmateriales como el folclore, las fiestas populares, la toponimia de algunas calles y plazas, la gastronomía tradicional… Son diversas huellas que nos permiten desvelar los cambios operados en el sistema alimentario y en las culturas alimentarias sobre las que se sostienen.

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Elogio de una juventud maltratada

Artículo publicado en EL DIARIO

Uno de los rasgos del primer ecologismo fue tratar de dar voz a las generaciones futuras que iban a heredar un planeta devastado. La fuerza narrativa de esta idea impregnó hasta la definición institucional del desarrollo sostenible, formulado a finales de los años ochenta en el Informe Brundtland, como la capacidad de satisfacer las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.

Más allá del debate sobre las necesidades o sobre la escasa operatividad de un concepto que no quería ser incómodo, cuestionando la inviabilidad del modelo socioeconómico, resulta interesante y pertinente la apelación a una abstracta solidaridad intergeneracional. Y es que toda sociedad que pervive en el tiempo se sostiene sobre un pacto de este tipo, por el cual la población adulta cuida de la infancia y de las personas mayores. Un acuerdo tácito, no escrito, que en términos ideales se sustenta sobre las relaciones de reciprocidad entre grupos de edad a lo largo del tiempo. Y que en la práctica ha necesitado de múltiples arreglos institucionales como el sistema de pensiones o los servicios públicos especializados, a la vez que dejaba buena parte de la tarea recayera sobre los hombros de las mujeres.

En nuestras sociedades la juventud es la franja de edad que peor acomodo encuentra en este arreglo, demasiado mayores para transmitirnos la vulnerabilidad de la infancia y demasiado pequeños para incorporarse plenamente a una sociedad audultocéntrica. Ignorada y desatendida sistemáticamente, la juventud es ubicada en el punto ciego al que no llegan las políticas públicas.

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